- Por Aníbal Saucedo Rodas
El vicepresidente de la República debe ser un factor clave para la estabilidad política por su misión constitucional ante el Congreso de la Nación. Está moralmente obligado a constituirse en un aliado insobornable y consecuente con quien ejerce el Poder Ejecutivo, que es unipersonal. Su compromiso y responsabilidad son, primeramente, con la ciudadanía, y se manifiestan en una gestión honesta, eficiente y solidaria. Que se considere aspirante a la primera magistratura de la nación –para dentro de cinco años– es una pretensión legítima.
Sin embargo, lo éticamente reprochable es que, desde el mismo día en que asume el cargo, enfoque todos sus esfuerzos y prioridades en ese único objetivo, convirtiéndose en un lastre político que entorpece la administración del Estado en términos de desarrollo humano cohesionado y crecimiento económico equitativo. A lo largo de este proceso democrático, que ya lleva casi cuatro décadas, a los doce meses de mandato ya era visible esa dualidad en el poder, porque, aunque uno tenía la lapicera, el otro ya preparaba la suya con tinta cargada de promesas venideras. Y así transcurrían los siguientes cuatro años en medio de crisis innecesarias que no pasaban desapercibidas, por más que –desde las alturas– trataban siempre de disimularlas.
Alguien compró la idea de que el vicepresidente de la República es candidato nato para subir al siguiente escalafón. Y, así, se volvió norma no escrita. Esa es la razón principal por la cual hoy tenemos a varios anotados dentro del movimiento Honor Colorado, sector interno de la Asociación Nacional Republicana. Mas, por los motivos expuestos, la elección amerita un análisis desapasionado, a fin de evaluar la personalidad y los testimonios políticos de cada aspirante al momento de la elección. No existe un interés personal en este comentario, salvo la preocupación de que la repetida historia mantenga su ritmo invariable en el caso de que este precandidato en particular pase las dos vallas comiciales y, finalmente, recale en el Palacio de López.
Hagamos aquí un apartado de excepcionalidad. Santiago Peña y Pedro Alliana rompieron esa perniciosa tradición, por partida doble. Es la primera vez que un presidente de la República promociona la precandidatura de su vicepresidente. Y es, también, la primera vez que el promocionado sea el último en oficializar su proyecto. Peña, de sólida formación técnica, eligió a un político para su compañero. Alliana tiene un largo currículum dentro del Partido Colorado: gobernador del departamento de Ñeembucú, diputado y presidente de la Cámara Baja, presidente de la Junta de Gobierno de la Asociación Nacional Republicana y, finalmente, vicepresidente de la República. No existe en los registros oficiales que, previamente, haya estado afiliado a otro partido político. Me considero amigo de Pedro, pero soy más amigo de la verdad.
Cuando se inauguró el periodo de las vicepresidencias, el equipo del ingeniero Juan Carlos Wasmosy negoció con el doctor Ángel Roberto Seifart; Lino César Oviedo, hizo al revés: eligió a un ingeniero, Raúl Cubas Grau, para su vicepresidente, aunque por impedimentos legales del exgeneral, la fórmula ganadora fue Cubas Grau-Luis María Argaña, el último caudillo republicano. Saltando el gobierno de Luis Ángel González Macchi, que nació de una tragedia, Nicanor Duarte Frutos apostó por el ingeniero Luis Alberto Castiglioni, del riñón del argañismo, ya lo dijimos, quien combinaba lo técnico con lo político.
El exobispo Fernando Lugo acordó la vicepresidencia con el Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), recayendo el cargo en Federico Franco, de larga estirpe política familiar. Horacio Cartes eligió a Juan Afara, quien, por entonces, era gobernador del departamento de Itapúa. Y, por último, Mario Abdo Benítez completó su dupla con un antiguo dirigente que se formó en las bases republicanas, Hugo Velázquez.
En ninguno de los casos mencionados se generó este inusitado movimiento telúrico –hasta me atrevería a decir inédito– para elegir al hombre o mujer que acompañará al vicepresidente Pedro Alliana en su campaña hacia la presidencia de la República. Mirando desde afuera, este panorama desata la percepción de que se ha instalado un cerco casi agresivo alrededor de su persona.
Alliana es eminentemente político, con experiencia acumulada en el manejo del gobierno y las relaciones con la gente. Por tanto, deberá equilibrar su gestión con un técnico de evidentes soportes intelectuales, vocación popular e integridad profesional. Y si el técnico es, además, político, sería lo ideal. O, al revés. Y si no está obsesionado por la Presidencia y permite que los acontecimientos sigan su curso natural, mucho mejor. Buen provecho.

