- Por Marcelo Pedroza
- Psicólogo y magíster en Educación
- mpedroza20@hotmail.com
El diálogo Laques, perteneciente al período socrático de los diálogos de Platón, el cual se enmarca entre los años 393 a.C. a 388 a.C., ocupa un lugar particularmente significativo en el ideario del fundador de la Academia, no tanto por ofrecer una definición cerrada de la virtud del valor (andreía), sino por mostrar en acto el método filosófico y, sobre todo, por insinuar la unidad profunda entre ética, educación del alma y conocimiento.
A partir de esta obra temprana, es posible trazar una línea coherente que conduce hacia la concepción madura del alma y la teoría del conocimiento platónicas.
En el diálogo citado, figuras como Sócrates, Laques y Nicias intentan definir qué es el valor. Laques propone que el valor es una especie de firmeza o temperamento, una disposición anímica que no necesariamente depende de la razón. Sin embargo, esta definición pronto vería sus límites, es que la mera firmeza puede conducir a acciones prudentes como a la temeridad. Sócrates, fiel a su método, muestra que sin conocimiento no es posible distinguir entre el verdadero valor y su apariencia.
Aquí surge un primer punto clave, la crítica implícita a una concepción irracional de la virtud. Si el valor fuese solo temperamento, quedaría desligado del saber; pero el diálogo sugiere que ninguna virtud puede entenderse aisladamente ni al margen de la inteligencia. Esta idea anticipa la tesis platónica de la unidad de la arete, las virtudes no son compartimentos independientes, son expresiones de un orden racional del alma.
Este tema conecta directamente con la antropología filosófica de Platón, desarrollada en obras posteriores como la República. En ella el alma es concebida como una estructura tripartita (racional, irascible y apetitiva), en la cual la virtud consiste en la armonía bajo el gobierno de la razón. En este marco, el valor ya no puede ser entendido como mero ímpetu, y sí como la correcta disposición de la parte irascible subordinada al conocimiento del bien. Es decir, el valor es racional en su fundamento, aunque se exprese afectivamente.
De este modo, lo que en Laques aparece como una dificultad para definir el valor, se resuelve en la filosofía madura de Platón mediante una integración sistemática al expresar que el valor es inseparable de la sabiduría. Esta idea también se articula con su teoría del conocimiento. En diálogos como Menón y Fedón, Platón sostiene que conocer es recordar (anámnesis) y que el alma tiene una afinidad con las realidades inteligibles. La educación no es una simple instrucción externa, es un proceso de conversión del alma hacia la verdad.
En este sentido, el “cuidado del alma” implica guiarla desde la opinión al conocimiento. La famosa alegoría de la caverna en la República muestra este tránsito, el alma debe volverse hacia la luz del ser y del bien. Quien ha recorrido este camino puede educar auténticamente, porque solo él conoce aquello hacia lo cual debe orientarse la vida humana.
Por lo tanto, en Laques se encuentran en germen tres tesis fundamentales del pensamiento platónico: la imposibilidad de definir las virtudes sin referencia al conocimiento, la centralidad del alma como sujeto de la educación y de la vida ética, y dándole su impronta, la necesidad de un maestro que no solo instruya, sino que forme el alma en su orientación hacia el bien.