DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • Columnista
  • marianonin@gmail.com

–Six seven…

–¿Entendiste?

–Sí… XD…

–Ja, ja, ja...

La escena fue así de simple. Dos chicos de no más de diez años sentados en la vereda. Mochilas al costado, la vida todavía liviana. Yo pasaba. Ellos estaban ahí, en su propio mundo.

Uno dijo esas dos palabras.

El otro no preguntó nada, pero entendió todo.

Yo no.

Seguí caminando, pero me quedé pensando. No fue la frase, fue la sensación que me dejó. Era como una incomodidad silenciosa que aparece cuando uno percibe que hay un mundo en el que ya no encaja del todo. Un mundo que está ahí, delante de nuestros ojos, pero que habla otro idioma.

Y ahí empieza la cabeza a trabajar.

¿Códigos?

¿Claves?

¿Algo que no estamos viendo?

No es una locura pensarlo. Cuando no entendemos, llenamos los espacios, y muchas veces los llenamos con miedo, con sospechas, con esa idea de que alguien, en algún lugar, está moldeando a los chicos sin que nos demos cuenta.

Pero no.

No hay una conspiración ni un manual secreto. Hay algo más cercano… y más peligroso. Hay una generación creciendo en un mundo que ya no es el nuestro.

Antes, los códigos nacían en la esquina, en la clase, en la canchita del barrio. Tenían un territorio. Un límite. Hoy no. Hoy nacen en otro lado. En esas pantallas que no se apagan, en contenidos que aparecen deslizando el dedo. En una corriente constante donde todo circula, se copia, se transforma… y desaparece. Rápido, efímero.

Six seven hoy, mañana XD, pasado será otra cosa, y con el tiempo, nada.

No importa la palabra. Importa lo que representa: pertenencia. Ellos no están escondiendo algo, se están encontrando entre ellos.

Y mientras pasa, hay algo que no dimensionamos. Algo que no se ve en la vereda, ni en la risa, ni en la frase.

La velocidad.

Todo es rápido, inmediato y dura poco.

Pensar lleva tiempo… y el tiempo hoy compite con un sistema que no espera.

No los están volviendo estúpidos, pero sí los están acostumbrando a otra lógica.

A otra forma de mirar, de sentir, de responder.

Y nosotros muchas veces miramos desde afuera, intentando descifrar palabras, y en realidad lo que se nos está escapando es el contexto, el vínculo, la cercanía.

No hay problema que digan six seven, el problema es cuando dejan de hablarnos a nosotros.

Entonces vuelvo a pensar en esa vereda, en esa risa cómplice, en ese código que no entendí. Y me queda algo claro. No hace falta entenderlo todo.

Hace falta estar.

Acercarse sin invadir, escuchar sin burlarse, preguntar sin imponer, porque todavía hay algo que no cambió. Algo que no depende de algoritmos ni tendencias y es la necesidad que tienen los chicos de ser escuchados, de ser mirados, de ser acompañados.

Ese idioma… ese sí lo conocemos.

Y todavía estamos a tiempo de no olvidarlo.

Pero esa… six seven… esa sí es otra historia.

Etiquetas: #Un idioma

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