• Dr. José Duarte Penayo
  • Filósofo
  • Presidente de la ANEAES

La trampa común en la que los análisis políticos suelen caer cuando hablan de clientelismo es reducirlo a una transacción vulgar, a un intercambio de votos por bienes, de apoyo político por favores burocráticos.

Esa simplificación, intelectualmente limitada, es además políticamente peligrosa ya que impide comprender en toda su profundidad al fenómeno.

El sociólogo Javier Auyero, en su ya clásico estudio donde analiza las prácticas clientelares del peronismo en Argentina, describió al clientelismo como una relación particular que se vive desde adentro como vínculo personal, con gratitud, con lealtad y donde está en juego la identidad. Esta definición está lejos de la conceptualización tradicional que lo entiende como una fría transacción entre partes que calculan sus intereses.

Los actores que participan en las prácticas clientelares no se perciben como compradores y vendedores de votos, más bien, se reconocen como parte de una comunidad moral construida en torno al “dar” y al “recibir”, con toda la carga afectiva y simbólica que eso implica.

Entender esto es fundamental, dado que no podemos desmontar lo que no comprendemos, como tampoco podemos reemplazar un vínculo político si no ofrecemos una alternativa, es decir, otro vínculo igualmente capaz de interpelar las emociones, las necesidades y las identidades de las personas.

En Paraguay esta comprensión adquiere una dimensión histórica específica. Gustavo Setrini demostró, con rigor académico, que la transición democrática iniciada en 1989 no eliminó el clientelismo, en realidad lo transformó.

Si durante el régimen stronista el clientelismo era prácticamente monopólico (con la ANR controlando de manera centralizada el acceso a los recursos del Estado, con una oposición restringida y cooptada), con la democratización, y en particular con la victoria de Fernando Lugo en 2008, ese monopolio se fracturó.

La oposición, al ganar espacios de poder, primero en intendencias y gobernaciones, luego en el Gobierno nacional, reprodujo las prácticas clientelares sus propios recursos, no las abolió. El clientelismo se volvió plural y competitivo, convirtiéndose en característica extendida de la dinámica política nacional.

Distintos partidos y facciones comenzaron a disputarse el acceso al Estado para alimentar sus propias redes de distribución particularista. La democracia paraguaya fue, en este sentido, más una democratización del clientelismo que una superación de este.

Pero, al mismo tiempo, ocurrió algo más en ese proceso. La propia dinámica democrática comenzó a mostrar los límites del clientelismo como razón única y suficiente del éxito electoral. En intendencias, gobernaciones y hasta en la Presidencia de la República, han ganado y también perdido quienes controlaban una porción mayoritaria de los recursos.

El acceso a la maquinaria clientelar dejó de garantizar, por sí solo, la victoria. Algo en el electorado paraguayo empezó a cambiar, y ese cambio merece toda nuestra atención política e intelectual.

¿Qué está cambiando? Esencialmente, cambia la sociedad. En las últimas décadas, Paraguay ha asistido a la conformación de una clase media emergente que, con todas sus vulnerabilidades, tiene demandas diferenciadas.

Esta nueva clase media, moderna, conectada y al tanto de los estándares de vida que existen en países de la región y del resto del mundo exige mejores servicios públicos, acceso real al crédito y al consumo, reconocimiento de sus méritos y no se conforma con “favores”.

Es una ciudadanía que apuesta a la movilidad social por la vía del trabajo calificado y la educación, y que cada vez más experimenta una fractura entre sus expectativas y lo que la política tradicional puede ofrecerle.

Sectores altamente conectados con la inserción global de la economía paraguaya, como los jóvenes urbanos, los pequeños empresarios, los profesionales del interior, ya no se sienten representados por las prácticas clientelares de siempre.

La política puede profundizar su desconexión con ese Paraguay que se moderniza haciendo más de lo mismo, o puede tomar una decisión diferente: comprender los desafíos del presente y adelantarse a ellos con propuestas creíbles.

A esto se suma una realidad fiscal que no admite ilusiones. Hoy ya no estamos en un ciclo expansivo del gasto del Estado, sino en uno de retracción y exigencias de austeridad.

Como las redes clientelares se nutren de la discrecionalidad en el manejo de los recursos públicos, cuando esos recursos se contraen, la promesa distributiva se vuelve insostenible. Quien siga apostando exclusivamente a la estrategia del clientelismo estará construyendo sobre arena.

El Partido Colorado es un partido con una inmensa cantidad de afiliados jóvenes que aspiran a una sociedad donde se reconozcan sus méritos, donde el Estado sea un árbitro eficiente y no un botín a repartir. Esa demanda interna es también una oportunidad política extraordinaria.

No se trata de abandonar a quienes más necesitan del Estado, sino de transformar la relación con ellos, pasar de la dependencia clientelar a la ciudadanía efectiva, de la promesa individual al derecho colectivo.

En términos concretos, eso exige señales claras y decisiones de impacto, orientadas a profesionalizar el Estado, modernizar la economía, reconocer el mérito y fortalecer la autoridad pública, pero también a sostener una propuesta política capaz de generar identificación más allá del favor personal.

Programas como Hambre Cero y Che Roga Porã avanzan en esa dirección, aunque el verdadero desafío consiste en convertir esas políticas de gobierno en políticas de Estado, integradas a un sistema más amplio de protección social y acceso a la vivienda, entendida no solo como techo, sino también como arraigo, titularidad y patrimonio familiar, es decir, como una herramienta concreta para transformar la relación entre el ciudadano y el Estado.

No hay futuro político para quienes sigan ofreciendo promesas que un Estado en contracción ya no puede sostener, ni tampoco para quienes reducen su vínculo con la ciudadanía al mero intercambio material, porque el desafío de esta etapa pasa por construir una política que le hable al Paraguay real, al país que produce, estudia, se conecta y exige, y que sea capaz de reconocer en sus cuadros y en los ciudadanos méritos que puedan ponerse al servicio de una causa común.

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