• POR ANÍBAL SAUCEDO RODAS
  • PERIODISTA, DOCENTE Y POLÍTICO

Ezequiel González Alsina mantuvo una tenaz resistencia a la inclusión de la figura del vicepresidente de la República en la Asamblea Nacional Constituyente de 1967 por razo­nes que no eran jurídicas ni doctrinarias. El cargo había desaparecido de la Constitución de 1940, pro­mulgada por el presidente José Félix Estigarribia, previa disolución del Congreso de la Nación. Nos imaginamos a este intelectual –que, con los años, lamentablemente, puso su inteligencia al servicio de la dictadura– con esa ironía irrepetible que acompa­ñaba su sonrisa sarcástica debajo de sus finos bigo­tes, quien ya en la Comisión Redactora esgrimió un argumento que, luego, en términos actuales, se hizo viral en la asamblea utilizando una analogía entre la vicepresidencia y el serrucho. Su única función –añadió– será “serruchar el sillón del presidente”, abriendo, al mismo tiempo, el riesgo de “conspira­ciones y golpes de Estado”. La continuidad cons­titucional estaba asegurada –afirmó– mediante la atribución del Congreso de designar sucesor en caso de acefalía. Sin embargo, desde la oposición sostenían que el cargo era necesario en caso de una “eventual desaparición” de quien ejerza el Poder Ejecutivo. “Será más fácil –alegaron– controlar a un solo serruchador que a varios”. Lo concreto es que Alfredo Stroessner gobernó discrecionalmente, a fuerza de violencia y silenciamientos, hasta que el golpe de Estado marcó el final de su ilegal mandato en febrero de 1989.

En la Convención Nacional Constituyente de 1992, nuestra Ley Fundamental retomó la tradición de las vicepresidencias. El último había sido Luis Alberto Riart, del Partido Liberal (PL). Y el primero en esta nueva era fue el doctor Ángel Roberto Seifart, quien tuvo que ceder a sus pretensiones presidenciales ante el apoyo que el ingeniero Juan Carlos Wasmosy había recibido de los círculos militares. Tampoco era una mala negociación para el fundador y líder del Movi­miento Coloradismo Renovador (MCR), pues lo ubi­caba a un peldaño del Palacio de López. A partir de ese momento se anidó en el imaginario político una ecua­ción tácita: que el vicepresidente es candidato seguro a la presidencia en el periodo siguiente inmediato. Sin embargo, Seifart, para 1997, año de elecciones internas, iba a tener enfrente a Luis María Argaña y Lino César Oviedo. En esas circunstancias, sus aspi­raciones quedaron truncas para siempre. En 1998, la forzada dupla del ingeniero Raúl Cubas Grau y Luis María Argaña terminó en tragedia con el asesinato del vicepresidente de la República el 23 de marzo de 1999. Ya se habían cerrado los números para el juicio político al mandatario por la liberación irregular de Oviedo (condenado por intento de golpe de Estado en abril de 1996), cuando se orquestó el magnicidio con la idea de abortar la defenestración presidencial. La cri­minal acción –ya lo sabemos– tuvo un efecto inverso. Una manifestación popular, con su ofrenda de sangre, obligó a Cubas Grau a renunciar. Ante la acefalía, fue designado al frente del Poder Ejecutivo el titu­lar del Congreso, Luis Ángel González Macchi. Solo hubo comicios para cubrir el cargo vacante de vicepresidente, ganando las elecciones Julio César “Yoyito” Franco, del Partido Liberal Radi­cal Auténtico (PLRA). Fue un periodo de relativa calma. Muerto Argaña y prófugo Oviedo, tenía el camino limpio Nicanor Duarte Frutos, quien catapultó su candidatura sobre el Movimiento de Reconciliación Colorada (MRC), fundado por el desaparecido vicepresidente de la República. Eligió como segundo al ingeniero Luis Alberto Castiglioni, argañista de la primera hora. Las buenas relaciones duraron lo que dura la mitad del periodo presidencial. La crispación desbordó el río y, después de 60 años en el poder –incluida la dictadura de Stroessner–, la Asociación Nacio­nal Republicana conoció la llanura. Fernando Lugo fue el ejecutor de la caída del coloradismo. Tampoco le fue bien a él, pues lo reemplazó su vicepresidente, Federico Franco, después de un veloz juicio político.

La ANR vuelve al poder de la mano de Hora­cio Cartes. Juan Afara completó el equipo pre­sidencial. Una vez más, ocurrió lo previsto: se separaron antes de concluir los cinco años. En el siguiente período, hubo una relación de cons­tante tensión entre Mario Abdo Benítez y Hugo Velázquez. Traicionado por el primero, el vice­presidente tuvo que renunciar a sus ambiciones presidenciales a raíz de una abierta injerencia de los Estados Unidos en nuestra política interna. Ahora, por primera vez, el presidente de la Junta de Gobierno del Partido Colorado, el presidente y el vicepresidente de la República hablan a tono el mismo lenguaje de cara al 2028: el elegido es Pedro Alliana, compañero de fórmula de Santiago Peña, representando al sector interno liderado por Horacio Cartes. Desarticulado el esquema tradicional de enfrentamientos entre los inquili­nos del poder, se abrió otro frente a un año y ocho meses de las internas republicanas de diciembre de 2027: gobernadores, senadores y diputados, entre otros, anhelan que uno de sus integrantes integre la dupla con Alliana. El actual vicepresi­dente de la República no puede hacer una elec­ción al azar para el número dos de su proyecto. No solo debe ser una persona íntegra y de acep­table formación intelectual, sino, más que nada, su conducta debe inyectar lealtad duradera a una causa, por encima de sus ambiciones que suelen despertar antes de tiempo, enfrentándose al Eje­cutivo. Lo que, en el fondo, es una solapada cons­piración en contra de la gestión presidencial. No es el caso de Alliana. Quizás, a la hora de publi­carse este artículo, ya haya dado el nombre de su compañero, apurado por quienes se apuraron a forzar una decisión. Y, a decir verdad, para tran­quilizar el estanque, incluso, parece razonable, porque hasta la Asociación de Jinetes Republi­canos “Marca a la Derecha” estaba pensando en proponer a don Pelagio Redomón para dicha pre­candidatura. Buen provecho.

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