• Por Aníbal Saucedo Rodas

La primera señal de decadencia de una sociedad es la pobreza del lenguaje. Una pobreza que no se limita al escaso vocabulario para comunicarnos, ya que se desplaza hacia un campo mucho más complicado y preocupante: la incapacidad de rebatir argumentos desde la razón, tratando, en contrapartida, de imponer posiciones desde el salvaje griterío de los agravios destemplados y las injurias proferidas, sin más responsabilidad que la irresponsabilidad de quienes no son aptos para construir desde el disenso, sino para destruir desde la agresión desaforada.

La agresión verbal –sostuvimos siempre– es señal inequívoca de impotencia intelectual e imposibilidad moral. Así se va deteriorando el ya de por sí pálido tejido cultural, donde los usurpadores continúan desalojando a los verdaderos forjadores del pensamiento propio y original, que se vuelve universal en su comprensión por el pueblo.

El pronunciado déficit del pensamiento crítico quiere ser aprovechado por algunos que presumen de una inexistente erudición, para plantear falsos dilemas y escenarios engañosos, como si fueran verdades absolutas. Ni siquiera son capaces de construir convincentes sofismas para persuadir desde el error meticulosamente estructurado. Una argucia condenable, por cierto, pero en la que muchos insisten con tenaz chapucería. No es lo mismo la inteligente confrontación de ideas que el insulto tosco y vulgar. La contradicción es tan simple como evidente. En primer caso, dos o más participantes esgrimen argumentos que se oponen entre sí, tratando de legitimar criterios o invalidar posiciones contrarias mediante exposiciones lúcidas y fundamentos lógicos. Y, sobre todo, desde una racionalidad que no puede ser silenciada desde la emoción. En el otro extremo, el improperio, las ofensas y la ordinariez no buscan demostrar una proposición desde el recto juicio, sino descalificar a quien tiene enfrente.

La mediocridad es la que marca la línea de nuestra comunidad política, entendiéndola en su sentido aristotélico, donde abundan los improvisados y las grabadoras con títulos académicos, los sucursaleros del pensamiento ajeno y extraño a sus raíces, sin vuelo propio para analizar y enjuiciar con imaginación y creatividad, el ecosistema en el cual habitan. Son los eternos impostores que ambicionan canjear cargos por buzones. Y hasta tienen éxito por lo que podemos constatar a lo largo de este proceso democrático que se inició en febrero de 1989. Se pasearon por los ministerios sin más respaldo que el amiguismo o la complicidad, pagando las consecuencias la institución y la gente a quienes debían servir y proteger, promoviendo la sociedad del conocimiento, en que la ciencia, la tecnología y el humanismo no se sueltan las manos.

Para alivio nuestro, también están –no podemos desconocer– las excepciones que honran la ética y la inteligencia. Son las voces con escaso eco que proclaman una profunda y radical transformación del país, empezando con un corte tajante con el pasado de discrecionalidad y malos hábitos en el manejo del Estado. Al país le urge sacudirse de sus lastres y de los hombres que acumularon fortunas y dejaron escombros durante su estadía en uno de los tres poderes del Estado. Hay que aplastar las escatologías verbales que remueven esos procedimientos amañados y mañosos que perjudicaron a la nación y generaron desconfianza hacia la democracia y sus virtudes como régimen político.

Una persona no trasciende por los cargos que ha ocupado, sino por el prestigio de la obra producida, intelectual y materialmente. Aunque haya llegado al escalafón más alto dentro de la jerarquía pública, apenas será una anécdota en el recuento reducido de los textos escolares, a menos que deje como legado su testimonio de vida o alguna obra escrita que le sobreviva o un acontecimiento excepcional donde demostró sus habilidades y carácter de estadista. Ante la carencia de estos atributos, solo les queda el recurso de la denostación y la diatriba. Es lo único que pueden ofrecer porque nunca transitaron por el camino de la decencia, la lealtad, el buen decir y el ingenio inspirador. Buen provecho.

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