DESDE MI MUNDO
- Por Carlos Mariano Nin
- marianonin@gmail.com
Hay días en que el silencio pesa más que cualquier palabra. Días en que una noticia, una historia o simplemente una imagen se queda dando vueltas en la cabeza más de lo normal.
Hace un tiempo me crucé con una de esas historias que te incomodan. No era distinta a tantas otras: alguien que tomó una decisión equivocada, alguien que no supo frenar a tiempo. Y del otro lado, el daño. Siempre hay daño. Siempre hay alguien que queda roto.
Muchas cosas nos resultan detestables. Y lo son. Nadie puede negar eso. Pero a veces me detengo a pensar qué pasa en ese instante previo. Ese segundo en el que todo cambia. Porque no creo que todo pase por la cabeza. Hay decisiones que salen de otro lado. Más crudas, más impulsivas. Decisiones que no esperan a que la razón llegue.
Cada persona vive lo suyo. Cada uno carga con lo que puede, con lo que le tocó, con lo que hizo o no hizo. Desde afuera es fácil opinar. Es fácil decir “yo nunca haría eso”. Pero la verdad es que nadie sabe cómo va a reaccionar hasta que le toca.
No se trata de justificar a nadie. Se trata de entender que detrás de cada acto hay algo más. Historias que no conocemos. Golpes que no vimos. Silencios que se fueron acumulando.
El asesino, el suicida, el que estafa, el que se pierde… todos tomaron decisiones. Y esas decisiones tienen consecuencias. Eso no cambia. Cada uno termina enfrentándose a lo que hizo, tarde o temprano.
Pero mientras tanto, nosotros miramos. Opinamos. Señalamos. Como si estuviéramos del otro lado de algo que en realidad nos atraviesa a todos.
Vivimos tiempos de opinión al vuelo y escritura veloz.
Familias destruidas, vidas marcadas, historias que ya no tienen arreglo. Y en medio de todo eso, un ruido constante de gente hablando sin saber.
Al final, lo más difícil no es condenar. Lo más difícil es aceptar que todos, en algún momento, estamos a una mala decisión de cambiarlo todo.
Pero esa… es otra historia.