POR JOSÉ DUARTE PENAYO

Filósofo. Presidente de la ANEAES.

Hubo un momento, sobre todo en el clima intelectual poste­rior al fin de la Guerra Fría, en que pareció razonable creer que la nación entraba en reti­rada. La caída del bloque soviético, la expansión de la globalización económica y la sensación de que el libre comer­cio se imponía como horizonte definitivo del desarrollo global alimentaron una imaginación histórica muy precisa.

Así, con formulaciones diver­sas, desde la vulgarización de la tesis del “fin de la historia” de Fukuyama, asociada a una lectura simplificada de Hegel, hasta formulaciones “por izquierda” como las de Anto­nio Negri y Michael Hardt en Imperio y Multitud, se fue instalando la idea de que las soberanías nacionales perde­rían centralidad frente a for­mas más difusas, reticulares y posestatales de organiza­ción del poder. En ese clima, la nación comenzó a ser vista como una reliquia o como un residuo afectivo del pasado.

Sin embargo, el tiempo mos­tró el carácter efímero de aquel clima de época. El orden inter­nacional moderno, cuyo punto de referencia clásico suele situarse en la Paz de West­falia, nunca dejó realmente de gravitar. Las fronteras no desaparecieron, los territo­rios no perdieron importancia y los Estados no renunciaron al núcleo duro de la decisión política. Por el contrario, los grandes conflictos contempo­ráneos siguieron organizán­dose en torno a tópicos muy clásicos: soberanía, guerra, disputa territorial, rivalidad económica, control de recur­sos y proyección de poder. El mundo se volvió más com­plejo, pero no ingresó en una fase posnacional.

Los países más desarrolla­dos no dejaron atrás la nación, como tampoco mermaron esfuerzo por fortalecer sus res­pectivos Estados. Lo que hicie­ron fue incorporar a la nación a su vida cotidiana de un modo tan profundo que ya ni siquiera necesitan exhibirla con gran­dilocuencia. Ahí aparece una de las intuiciones más fecun­das de Michael Billig en Banal Nationalism. El autor mues­tra que el nacionalismo no debe pensarse solo como exaltación, como discurso inflamado o como pasión de masas, por­que en sus formas más efica­ces aparece como hábito, como paisaje, como trasfondo silen­cioso de la vida pública.

Desde esta mirada, la nación está en las banderas que nadie comenta porque ya forman parte del entorno, en la manera casi automática en que se dice “nosotros” al hablar del país, en los calendarios escolares, en las conmemoraciones, en la peda­gogía cívica y en la continuidad de símbolos y las referencias que mantienen vivo un sen­tido de pertenencia sin necesi­dad de convertirlo todos los días en espectáculo. Lo fundamen­tal es comprender que no hay en ellos nada de extravagante, irra­cional o chauvinista, sino todo lo contario, un signo de estabi­lidad imprescindible para cual­quier proyecto de país.

Por su parte, mucho antes, en ¿Qué es una nación?, Ernst Renan definió a la nación como un “plebiscito cotidiano” y, al mismo tiempo, sostuvo que no es la simple suma de los indi­viduos que la componen, sino una conciencia viva y un resul­tado histórico, algo que vuelve todavía más actual su adver­tencia de que “una unión adua­nera no es una patria”, porque la nación no se reduce a un mero acuerdo entre partes, sino que remite a memorias comparti­das, afectos, emblemas y hori­zontes de continuidad sin los cuales tampoco hay vida polí­tica en común.

Paraguay atraviesa un momento de particular rele­vancia a este respecto. Atrae inversiones, se encuentra nego­ciando acuerdos energéticos, alcanzó el doble grado de inver­sión. Pero la pregunta que debe formularse es directa: ¿bajo qué identidad se presenta ante el mundo? Un país que se ofrece únicamente como plataforma de costos competitivos y esta­bilidad macroeconómica, sin una narrativa nacional que le dé fuerza, termina siendo reem­plazable por cualquier otro territorio que ofrezca condi­ciones similares. La diferen­cia entre un territorio y una nación es precisamente esa, la nación tiene un proyecto, una memoria y una voluntad que no se reducen a indicadores.

Este tipo de reflexiones cobran una gran centralidad en momentos actuales, con un clima de época marcado por el avance de marcos culturales que exaltan la soledad extrema del individuo, erosionando los vínculos de pertenencia y pro­moviendo una deconstruc­ción sistemática de los grandes modelos que marcaron nues­tra historia y nuestra concien­cia nacional. Por ello, nuestro país necesita, de forma priori­taria, reconfigurar su ideario nacional y devolverle relevan­cia pública.

Estos desafíos exigen una comunidad nacional que sabe quién es, que forma a su gente para ocupar los mandos de lo que está construyendo y que sostiene una idea compartida de sí misma como sujeto de soberanía y autodetermina­ción. Esa es la diferencia que la nación hace posible, y por eso su persistencia no es un anacronismo sino una nece­sidad para formar ciudadanos capaces de habitar el mundo sin disolverse en él.

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