• POR EMILIO AGÜERO ESGAIB
  • Pastor

En el hebreo el nombre de salmo es “tejilim” y significa alabanza. Parte de los Salmos son el himnario de Israel y su pro­pósito principal era guiar al pueblo a alabar y orar a su Dios. Pero no solo es un him­nario, ahí también encon­tramos profecías sobre el Mesías (muchas de las cua­les Jesús la pronunció en la cruz), también son oraciones, poemas que describen la rea­lidad humana de la alegría y el dolor. Es una ventana al cora­zón de los creyentes a lo largo de los siglos. En ellas encon­tramos realidades humanas y cómo actuar en la alegría, el dolor, la incertidumbre y aprender a depender y confiar en Dios más allá de lo absurdo de muchas circunstancias.

De los 150 Salmos se des­taca de manera especial el 23. Tal vez uno de los salmos más citados, memorizados y declamados de todos. Con­soló a millones de creyentes tanto en el Antiguo como el Nuevo Testamento.

Los Salmos son como una lin­terna que alumbra en medio de la oscuridad, no disipa la oscuridad, pero esa luz hace que veamos el siguiente paso que podemos dar. Su posición en el libro es estratégica y pro­videncial. Sigue al Salmo 22. En ese Salmo, el 22, no hay pastos verdes, no hay aguas tranquilas, no hay almas con­soladas, no hay nada de eso. Justamente arranca el Salmo 22 diciendo “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has des­amparado?”. Estas son tam­bién las palabras de Jesús en la cruz y más allá de su ver­dadera aflicción estaba tam­bién señalando que se estaban cumpliendo en ese momento varias profecías sobre el Mesías como el versículo 7, 8 y del 14 al 18.

Al terminar este Salmo que describe no solo el sufri­miento del Mesías, sino tam­bién el sufrimiento que todo ser humano experimenta alguna vez en su vida como el luto, la enfermedad, la tris­teza, la depresión, el dolor, aparece como una montaña de esperanza: “El Señor es mi pastor”. Sin duda todo cre­yente debe experimentar la sangre derramada en la cruz antes de conocer la dulzura del cuidado del Gran Pastor.

Los Salmos tienen esas carac­terísticas, en una parte hay dolor e incertidumbre, pero inmediatamente el siguiente versículo habla de victoria y gloria. Como que el salmista primero describe la reali­dad material y humana, des­pués ve con los ojos de Dios y canta victoria porque sabe que la victoria primero está en el mundo espiritual y des­pués se ve en el mundo físico.

“El Señor es mi pastor”. Es importante que cada creyente experimente de manera per­sonal lo que David expresó, que pertenecemos al Señor. No hay un “pero” ni tampoco un “espero”; sino que dice sen­cillamente: “El Señor es mi pastor”. Tenemos que cultivar en nuestras vidas un espíritu de dependencia real y en todas las áreas hacia el Señor.

La palabra más dulce de esta frase es el monosílabo “mi”. No dice “El Señor es el pas­tor del mundo entero y guía a millares de personas como su rebaño”. Aunque esto tam­bién es cierto, es también una verdad que Dios es nuestro pastor personal, nos conoce, sabe nuestra necesidad, nos forma y nos guía. Las palabras están en tiempo presente; “es mi Pastor” es activo, es conti­nuo. No será ni fue, es.

“Jehová es mi pastor” es una declaración de intimi­dad, alianza, exclusividad y de posesión, de dependencia. “Nada me faltará” significa que tampoco en el futuro nos faltará nada. ¿Qué no nos va a faltar? Efesios 1:3 nos dice que nos bendijo con toda bendición espiritual. Él nos proveyó de todo para tener victoria en todas las áreas espirituales. Tenemos la fe, la oración, la palabra de Dios que es el consejo de Dios (el consejo de Dios supera por lejos el consejo humano del hombre más sabio de este mundo). Los consejos de Dios deben ser estudia­dos a fondo, comprendidos y obedecidos. Al grado que estemos dispuestos a obe­decer, él nos dará más enten­dimiento. ¿Es el Señor real­mente tu pastor?

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