- POR JOSÉ DUARTE PENAYO
- Filósofo. Presidente de la ANEAES.
Cada sociedad posee un caudal de saberes que no siempre sabe reconocer. Hay conocimientos que se adquieren en la escuela y en la universidad, pero también en el trabajo, en los oficios y en la experiencia cotidiana. El gran desafío de nuestro país es convertir ese repertorio disperso en trayectorias legibles, certificaciones útiles y oportunidades efectivas de movilidad. Allí aparece la relevancia de avanzar hacia un sistema nacional de cualificaciones, es decir, un instrumento que clasifica las cualificaciones por niveles de resultados de aprendizaje, con una óptica centrada en lo que una persona sabe y puede hacer y no solamente en la duración formal de los estudios.
Existen, entre muchos otros, casos de compatriotas que se formaron en espacios de capacitación, adquirieron experiencia real y lograron desenvolverse con solvencia en una actividad concreta, pero que al momento de querer enseñar o formalizar su trabajo se encuentran con el obstáculo de no contar con una certificación reconocida. Del mismo modo, hay quienes pasaron años aprendiendo en la práctica, asumiendo responsabilidades y resolviendo problemas complejos, sin que esos saberes puedan traducirse fácilmente en un reconocimiento formal.
También pueden mencionarse, entre tantos ejemplos posibles, trayectorias educativas avanzadas cuyos logros sí tienen valor dentro de las instituciones donde fueron obtenidos, pero que fuera de ese ámbito no siempre resultan claros o comprensibles para quienes toman decisiones en el mundo laboral. Todos estos casos muestran un mismo problema: muchas veces las personas saben hacer, saben resolver y saben desempeñarse, pero el sistema todavía no visibiliza formalmente esos aprendizajes y esa situación traba oportunidades concretas.
Esa carencia no afecta solamente a las personas. También limita al Estado y al propio mercado. La inexistencia de un gran marco nacional de cualificaciones dificulta contar con referencias comunes para saber qué capacidades existen, cuáles faltan, cómo se distribuyen y qué niveles de formación o competencia están realmente disponibles en la sociedad. Sin ese mapa más ordenado, se vuelve más difícil planificar políticas públicas, orientar la oferta educativa, identificar necesidades estratégicas de capital humano, acompañar procesos de inversión y diseñar estrategias más amplias de posicionamiento económico del país. En otras palabras, se trata de apuntalar mejor lo que cada paraguayo y paraguaya sabe hacer para dotar al país de una herramienta que permita tomar decisiones más inteligentes sobre su desarrollo.
En este sentido, Ron Tuck, en “An Introductory Guide to National Qualifications Frameworks: Conceptual and Practical Issues for Policy Makers”, informe publicado por la OIT en 2007, subrayó que el valor de estos sistemas reside en su capacidad para establecer equivalencias claras entre los distintos títulos. Estos sistemas permiten trazar rutas de progreso a través de diversos niveles y facilitan el tránsito de las personas entre sectores laborales diferenciados. En entornos caracterizados por la dispersión de las trayectorias formativas, esta comparabilidad aporta una transparencia pública fundamental. De este modo, se logra que el conocimiento trascienda los ámbitos aislados y que la experiencia acumulada a lo largo de la vida obtenga un respaldo institucional sólido.
Sin embargo, los marcos de cualificaciones no producen transformaciones por sí solos. Su impacto depende de la fortaleza institucional, de la capacidad estatal y de la claridad de los fines perseguidos. Esa realidad fue expuesta por Stephanie Allais en su artículo “What is the Evidence for the Impact of National Qualifications Frameworks?”, donde advirtió sobre las expectativas excesivas depositadas en estos instrumentos cuando no están insertos en estrategias amplias de reforma y articulación.
El desafío de nuestra época reside en el establecimiento de una hoja de ruta clara entre la educación, el mercado y la sociedad. La eficacia del sistema formativo depende de su capacidad para dialogar con las necesidades productivas y las transformaciones del mundo laboral. Necesitamos terminar con la lógica expansiva de carreras habilitadas que no tienen ningún impacto en el aumento de las capacidades de nuestro capital humano. Este objetivo requiere una estructura articulada que defina perfiles pertinentes y reconozca los saberes previos de los ciudadanos. Es fundamental construir puentes entre los diversos subsistemas para generar trayectorias académicas que sean flexibles y acumulables
En este camino tenemos una oportunidad de largo alcance: traducir saberes en trayectorias, trayectorias en capacidades productivas y capacidades productivas en mayor soberanía económica. Si la diversificación económica quiere ser algo más que una suma de inversiones aisladas, deberá apoyarse en una política sostenida de cualificaciones capaz de preparar a la sociedad para ocupar los mandos técnicos, los cuadros intermedios y las altas gerencias del futuro.
Ahí reside su sentido más profundo, que es integrar el conocimiento disperso en el tejido social para consolidarlo como una fuerza motriz para el desarrollo del país.