Hay días en que el país parece un gran semáforo en rojo donde todo se detiene. Todo queda en pausa.

Menos ellos, los niños.

Los que caminan entre los autos cuando el asfalto quema. Los que ofrecen lo que pue­den, lo que aprendieron en la calle, en esa escuela dura donde la materia principal es sobrevivir.

Están ahí. Siempre estuvieron. Los vemos, pero no los miramos.

No son invisibles porque no existan. Son invisibles porque nos incomodan. Porque nos recuerdan lo que no hicimos, lo que prometimos, lo que postergamos.

Son la prueba viva de presupuestos que se anuncian y no llegan. De oficinas con aire acondicionado donde se habla de inclusión mientras el semáforo vuelve a ponerse en verde. De campañas con abrazos y fotos que después se borran como si fueran his­toria vieja.

La pobreza les roba la niñez. Y cuando se roba la niñez, también se les va el futuro.

Y, sin embargo, algo brilla.

A veces, en medio del ruido, aparece un destello. Un talento que se niega a apa­garse.

Hace unos años fue Iván. Un chico haciendo picaditas entre autos viejos y motos apuradas. Una pelota que no caía. Una sonrisa que desafiaba el peli­gro. Hasta que alguien sacó el celular, ¿te acordás?

Un minuto de video. Nada más.

Y de pronto su nombre cruzó fronteras. De la Chacarita al mundo. Como si hacerse visible fuera un milagro y no un derecho.

Recuerdo el título del diario argentino Clarín; sí, Clarín hablando de un niño paraguayo y un título que nos conmovía: “Una historia de esperanza”. Y sí, lo era. Pero también era un espejo al que evita­mos mirarnos.

Porque mientras celebrábamos a Iván, yo pensaba: ¿cuántos más quedan en el camino? ¿Cuántos talentos se cansan, se rinden o simplemente crecen sin que nadie les dé una oportunidad? ¿Cuántos desaparecen en el siguiente semáforo sin que una cámara los encuentre?

Después de aquel video, muchos chicos empezaron a hacer picaditas también. No lo hacían por una cuestión de moda. Lo hacían para mandar un mensaje, como diciendo: “Mírenme, aquí estoy”.

Como si cada toque a la pelota fuera una bengala en medio del tránsito.

Y entonces pienso, porque es imposi­ble no pensarlo, que entre esos niños puede estar el que te cambie una final de la copa del mundo. O la médica que algún día salve una vida. O alguien que invente algo que hoy ni siquiera imagi­namos.

O tal vez no. Tal vez solo quieren jugar. Y con eso debería ser suficiente.

A veces creo que el futuro empieza en cosas pequeñas. En no acelerar apenas el semáforo cambia. En sostener la mirada. En entender que ningún talento debería depender de la suerte o de un video viral.

El país no se arregla en un día. Pero la indiferencia sí puede empezar a cam­biarse en un segundo.

¿Y si la próxima vez, en lugar de mirar el reloj, miramos a los ojos?

Pero claro, esa es... otra historia.

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