En estos días, la maquinaria pro­pagandística antisemita volvió a acelerar con fuerza. El detonante: la decisión del Gobierno de Israel de pro­hibir eventos religiosos masivos en Jeru­salén, incluyendo la tradicional misa del Domingo de Ramos. Una medida que, fuera de contexto, puede parecer polé­mica. Pero dentro de la realidad que vive la región, es simplemente responsable.

Irán ha incorporado a Jerusalén como objetivo de los misiles de la Guardia Revolucionaria, en el marco de una guerra que también involucra a acto­res como Hezbollah. No se trata de una amenaza abstracta ni lejana. La Ciu­dad Vieja –epicentro de los principales sitios sagrados– es un espacio de calles estrechas, con pocos refugios antimi­siles y con acceso limitado para ambu­lancias en caso de necesidad. Permitir aglomeraciones en ese contexto no es un acto de fe: es una irresponsabilidad.

La restricción no distingue credos. El Gran Rabino de Israel lleva más de 30 días sin poder orar en el Muro de los Lamentos. Tampoco podrá hacerlo durante el inicio de Pesaj (la Pascua judía). El Gran Imán o Muftí de Jeru­salén no pudo acceder a la mezquita de Al-Aqsa durante el Ramadán. Y ahora, los cristianos no podrán celebrar en el Santo Sepulcro. ¿Discriminación? No. Igualdad ante una situación excepcio­nal: la guerra.

No es una decisión improvisada ni diri­gida contra una religión en particular. Es una política de seguridad en un país bajo amenaza directa.

Sin embargo, en redes sociales –espe­cialmente en X– abundan los juicios livianos. Activistas, muchos de ellos ajenos a la realidad del Medio Oriente, denuncian una supuesta persecución religiosa sin comprender –o sin que­rer comprender– el contexto. Lo más llamativo es la incoherencia: algunos de esos mismos perfiles criticaban en el pasado eventos religiosos multitudi­narios por razones ideológicas o sani­tarias, pero hoy se indignan selectiva­mente.

El problema no es la crítica. Es la des­información convertida en militancia. Opinar sobre conflictos complejos sin el más mínimo conocimiento no solo empobrece el debate: lo distorsiona. Pero esta gente está muy lejos de querer debatir.

El propio Pierbattista Pizzaballa, el Patriarca Latino de Jerusalén, dijo estar de acuerdo con las medidas de seguridad. En tiempos de guerra, las decisiones difíciles son inevitables. Israel optó por priorizar la vida por sobre la liturgia. Puede incomodar, puede doler, pero es una medida que afecta a todos por igual. Y en ese punto, lejos de la narrativa simplista que cir­cula en redes, hay un principio claro: la seguridad no tiene religión.

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