- Por el Dr. José Duarte Penayo
- Filósofo. Presidente de la ANEAES
Muchas veces el arbusto técnico oculta el bosque de la realidad social, económica y política. El aseguramiento de la calidad en educación superior es, sin dudas, un caso especialmente revelador de ese problema. Lo que a primera vista parece una discusión reservada a especialistas, agencias y procedimientos administrativos, en realidad remite a una cuestión mucho más profunda, que es la capacidad de un país para formar profesionales competentes, producir conocimiento pertinente y orientar su sistema educativo en función de sus necesidades de desarrollo.
Paraguay atraviesa una etapa en la que busca diversificar su economía y crear nuevas capacidades en un contexto donde la riqueza hace rato dejó de depender solo de la explotación de recursos naturales o la producción a través de capital físico. Desde Theodore Schultz y Gary Becker hasta Jacob Mincer y Robert Lucas, la teoría del capital humano mostró que la educación, la formación y las habilidades acumuladas por una sociedad son una inversión decisiva para el crecimiento con desarrollo. En la llamada “sociedad del conocimiento”, hoy tensionada por la inteligencia artificial, la fuerza laboral es un factor central de generación de valor. Esto obliga a repensar la educación superior, ya no solo como emisora de títulos, sino como formadora de profesionales con competencias reales y como motor de innovación y productividad.
Es en este marco que el proceso de acreditación de la calidad se vuelve decisivo para evaluar si una carrera cumple estándares exigentes en su plantel docente, su estructura curricular, sus mecanismos de evaluación y su capacidad de mejora continua. Es decir, hoy la evaluación de calidad se convierte en un sello de confianza para estudiantes, familias, empleadores y para el Estado. Así lo subrayan Susanna Karakhanyan y Kevin Kinser en su reciente publicación, Global Trends in Tertiary Education QA, donde sostienen que el propósito del aseguramiento externo sigue siendo brindar confianza y credibilidad a la educación superior y proponen juzgar estos procesos por tres grandes fines: efficiency, relevance, and transformative power, es decir, eficiencia, relevancia y poder transformador. Esa tríada es especialmente útil para Paraguay. La eficiencia supone que la evaluación pueda ayudar a alcanzar mejores resultados haciendo un uso racional de recursos y sin superposiciones inútiles. La relevancia exige que estándares, criterios y decisiones estén conectados con las necesidades reales del país. El poder transformador remite a algo todavía más importante, a saber, que la evaluación no se agote en la verificación periódica, sino que modifique conductas y fortalezca instituciones, con el fin de mejorar realmente el aprendizaje. Se insiste así en que la calidad solo vale la pena cuando logra convertirse en una parte genuina de la cultura de la educación superior, impulsando la mejora continua.
La evidencia empírica es clara. Según el INE (EPHC 2024), la ocupación informal alcanzó en 2024 el 62,5 %, equivalente a 1.522.612 personas, y disminuye conforme aumentan los años de estudio. La informalidad fue de 95,5 % entre quienes no tienen instrucción, 85,5 % entre quienes cuentan con 1 a 6 años de estudio, 70,2 % entre quienes tienen de 7 a 12 años y 38,9 % entre quienes poseen de 13 a 18 años de estudio. Estos datos permiten afirmar una correlación fuerte entre mayor formación y mejores probabilidades de inserción en segmentos más formales del empleo. Si la formación impacta en la empleabilidad, la calidad de esa formación debe ocupar un lugar central en cualquier política que aspire a dar un salto cualitativo en nuestras oportunidades de desarrollo económico.
Allí radica el papel estratégico de la ANEAES que sostiene la confianza pública con procesos trazables, decisiones transparentes, información accesible al público y criterios técnicos blindados frente a intereses particulares. Debe quedar claro que no puede haber aseguramiento de la calidad sin transparencia, porque que si los procedimientos de evaluación no pueden ser seguidos, comprendidos y auditados públicamente, la acreditación de una carrera deja de funcionar como una señal confiable para la toma de decisiones de estudiantes, familias, empleadores y del propio Estado. En esas condiciones, ya no ordena el sistema ni reduce incertidumbre de los actores, sino que puede convertirse en un mecanismo de engaño y distorsión, al otorgar una apariencia de calidad allí donde la confianza no está respaldada en garantías verificables. Nuestro país ya demostró, en otros campos, que puede conquistar mercados exigentes cuando asume seriamente los más altos estándares. Ocurrió con sus exportaciones, que debieron ajustarse a requisitos cada vez más altos para acceder competitivamente al mundo. La educación superior debe recorrer un camino semejante, pero para que la discusión sea seria debemos posicionarla en el centro del debate nacional, abandonar toda autocomplacencia y partir de la evidencia disponible. En Paraguay, la acreditación de calidad sigue siendo todavía excepcional frente al volumen total de la oferta existente, cuando apenas el 10 % de las carreras cuenta con acreditación en un contexto de más de cinco mil carreras habilitadas por el CONES, lo que constituye una brecha intolerable entre expansión, control y aseguramiento efectivo de la calidad.
Un proyecto real de innovación y desarrollo nacional ya no puede tolerar la informalidad académica, la emisión de títulos sin competencias reales ni la proliferación de ofertas educativas que no generan impactos concretos en la vida de las personas. En este marco, es urgente fortalecer la presencia de la ANEAES –la única política pública consolidada en educación superior desde 2003 hasta nuestros días– en todos los procesos de aseguramiento de la calidad, desde la habilitación inicial de las carreras hasta el monitoreo permanente de acreditación y mejora continua de las instituciones.