• Por Arturo Peña Villaalta
  • arturo.pena@nacionmedia.com

La selección paraguaya de fútbol es tema de conver­sación ineludible en estos días. Por un lado, la presentación de la “nueva piel”, que ha decepcio­nado más que motivado, si tene­mos en cuenta el termómetro de las redes sociales; por el otro, la nueva convocatoria de jugadores de Gustavo Alfaro, que incluye a algunos extranjeros nacionali­zados que se suman al desafío del Mundial 2026.

Las incorporaciones recientes del arquero uruguayo Gastón Olveira y del brasileño Maurício Magal­hães, ambos ya con ciudadanía paraguaya, volvió a poner en el tapete la vieja discusión sobre “paraguayizar” jugadores por encima de los locales.

En realidad, la selección ya tiene un historial de una treintena de futbolistas de otros países que se nacionalizaron para defender la Albirroja. Muchos incluso han dejado un sello único e indele­ble, como Roberto “Toro” Acuña o Néstor Ortigoza, por citar solo un par de nombres.

Pero más allá de casos de extran­jeros nacionalizados que cum­plieron y no tanto en la selec­ción, una reflexión que podemos desprender del contexto exclu­sivamente futbolístico es el gran aporte que la inmigración ha hecho al Paraguay en la historia.

Colonias de alemanes, italianos, japoneses, entre otras naciona­lidades, se instalaron en nuestro suelo en épocas remotas, en las condiciones más difíciles y se con­virtieron en ejemplos de sacri­ficio y superación, y en algunos casos en modelos de producción en plena vigencia.

En un ejercicio rápido recurrí a dos reconocidos historiadores –y entrañables amigos–, Hérib Caballero y Vicente Arrúa, para tentar recordar algunos nombres de hombres y mujeres de otros países que dejaron un aporte de valor en el nuestro. Y esto a consa­bido riesgo de dejar de lado a varios en nuestra rápida lista.

Espontáneamente, el primer nom­bre fue el de Moisés Bertoni (1857-1929), científico suizo, pionero en el estudio de la botánica en el país y del saber indígena en este campo. También, infaltable, el periodista y escritor español Rafael Barrett (1876-1910), piedra fundamental del pensamiento social paraguayo, o la también española Josefina Plá (1903-1999), mujer multifasética que dejó un legado invaluable para el arte.

En nuestra historia hay un apar­tado especial para los militares rusos blancos que combatieron en las fuerzas paraguayas en la guerra del Chaco, donde se destaca el gene­ral Juan Belayev, quien ubicó los estratégicos pozos de agua en esa región antes del inicio del conflicto.

El listado incluyó también al inte­lectual español Viriato Díaz Pérez (1875-1958) y al periodista y escri­tor argentino José Rodríguez Alcalá (1883-1959).

También otros, quizás menos cono­cidos, como el francés Benjamín Balansa (1825-1891), quien hacia 1880 desarrolló el destilado de petitgrain. Ramón Zubizarreta y Zuloeta (1840-1902), español, fue el primer rector de la Universidad Nacional de Asunción y cumplió un rol fundamental en la organi­zación de la educación superior de posguerra.

Y como este comentario empezó con el fútbol, no podíamos olvidar a William Paats (1876-1946), quien desde los Países Bajos llegó al Para­guay para sembrar la semilla de una de las pasiones más grandes: el fút­bol. Según reseñas, fue Paats quien trajo la primera pelota desde Buenos Aires y organizó el primer partido, disputado el 23 de noviembre 1901.

Paraguay es un lugar reconocido por su hospitalidad, y cual sea la pro­cedencia, uruguayo, brasileño o de donde fuere, el extranjero será siem­pre bienvenido. Y con mayor razón si viene a ponerse la camiseta de Para­guay, la Albirroja, la del país.

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