DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • marianonin@gmail.com

Una vez vi una jaula de oro.

Recuerdo que fue en un allanamiento, esos de película.

Estaba en una casa enorme, de esas que parecen más un hotel que una casa: jardines perfectos, autos brillando al sol, guardias en cada esquina y en el centro del patio, aquella jaula. Dentro había un pájaro exótico. Hermoso. Carísimo.

Pero no cantaba.

Recuerdo que alguien dijo en voz baja: estos pájaros no cantan cuando saben que no pueden volar.

Nunca olvidé esa escena.

Muchos años después, en estos días, mientras veía las imágenes de la caída de Sebastián Marset, volví a pensar en aquella jaula.

Durante años, Marset vivió lo que para muchos jóvenes parece un sueño: mansiones, autos de lujo, fiestas, dinero que parecía infinito. La vida que muestran algunas series, las canciones o las redes sociales. Una vida donde el narco aparece como un héroe moderno: rico, poderoso, temido.

Pero casi nunca se cuenta la otra parte.

Porque detrás de ese brillo hay otra verdad: los narcos también viven encerrados.

Encerrados en sus propios miedos, detrás de guardaespaldas, dentro de casas que parecen fortalezas. Encerrados en un mundo donde nadie confía en nadie.

La riqueza puede ser enorme, sí, pero la libertad es mínima. El precio casi siempre es el mismo.

No pueden caminar solos por una plaza. No pueden llevar a sus hijos tranquilos a la escuela. No pueden viajar sin mirar por encima del hombro.

Viven rodeados de lujo… pero también de paranoia, de violencia y de miedo. Mucho miedo. Son, en realidad, prisioneros en jaulas de oro.

Y tarde o temprano llega el mismo final.

La caída.

Cuando eso ocurre, el oro desaparece. Los autos se esfuman. Los amigos también. Las mansiones quedan vacías. Y lo único que queda es otra jaula.

Pero esta vez de cemento.

Una celda fría donde el tiempo se vuelve lento y pesado. Donde el poder ya no sirve de nada y donde el dinero ya no compra la libertad.

Lo saben los narcos que sobrevivieron a la muerte.

Por eso, cada vez que escucho a algún joven decir que quiere ser narco para vivir como millonario, vuelvo a pensar en aquel pájaro de la jaula dorada.

Hoy, como aquel pájaro que vi aquella tarde, Sebastián Marset también dejó de volar.

Solo cambió de jaula.

Entonces el sueño de riqueza termina revelando lo que siempre fue: una prisión disfrazada de lujo.

Y mientras algunos todavía la envidian…

yo no puedo dejar de pensar en aquel pájaro.

¿De qué sirve el oro… si no podés volar?

Pero esa es otra historia.

Etiquetas: #La jaula

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