• Por Emilio Agüero Esgaib
  • Pastor

Siguiendo con el ejemplo de Jesús en el artículo ante­rior con respecto a hombre fuertes en tiempos difíciles suelo observar que muchas veces se nos presenta a Jesús como un hombre tímido, ingenuo, buenón, retraído y con una mirada tristona o de derrota. Los evange­lios nos muestran algo total­mente distinto. Vemos ahí a un hombre que vivió uno de los momentos más peligro­sos política, militar y espiri­tualmente de su pueblo, que fue perseguido por reyes, líderes religiosos, gober­nadores y su vida corría peligro en todo momento a causa de su mensaje y nunca se amilanó ni retrocedió. Él mismo dijo de sí mismo que “no tenía dónde recostar la cabeza” (Mt. 8:20) y el pro­feta Isaías lo describe como “varón de dolores experi­mentado en quebrando” (Is. 53:3). Él fue un hombre con una enorme longanimidad y templanza, sufrió mucho y durante mucho tiempo sin quejarse ni amargarse. Eso es hombría.

En su momento de más dolor físico, cansancio, sed, frente a la muerte y colgado de una cruz tuvo tiempo para su responsabilidad como hijo encargando el cuidado de su madre Maria a su discípulo Juan (Jn. 19:26). Eso es responsabilidad y cobertura llevada a lo máximo.

Tenía un temple enorme, era dueño de sí mismo. La filo­sófica estoica, tan de moda los últimos años, y que lleva el estandarte secular de las características de los ver­daderos hombres, tiene a el dominio propio como máxima virtud, lo llaman “ataraxia”, que se define como un el estado mental de serenidad, calma total e imperturbabilidad en medio de situaciones difíci­les. Jesús tenía eso.

El ofenderse fácilmente Y no poder perdonar denota orgullo, capricho, obstina­ción y un ego enorme, es por eso que Jesús no tenía pro­blema con las ofensas, él era un hombre absolutamente manso, o sea “dueño de sí mismo”.

Ante la muerte inminente y con la posibilidad de salir vivo de su condena a la cruz, un poderoso gobernador romano, Pilato, le dice que tenía el poder de librarlo de la muerte. Jesús le dice “nin­gún poder tienes que no se te haya dado del cielo”. No pidió misericordia, no lloró, no se defendió, sencillamente dijo la verdad, asumió su iden­tidad y siguió mirando de frente a su propósito, no importa lo doloroso que sea (Mateo 27).

Con respecto a la ira, en la cruz pidió, en oración serena a su Padre el perdón de sus verdugos, ¿se imaginan? ¡El que estaba a punto de morir pide misericordia por los que le estaban matando!

Aún ante el dolor y la muerte le dio esperanzas a un des­esperado ladrón a su cos­tado derecho. En las gue­rras en los momentos más críticos solo los soldados con mayor valentía y temple, aún heridos o a punto de morir, tenían la capacidad de alen­tar a sus camaradas, eso es ser un verdadero líder.

Cuando quisieron defen­derle en su arresto en el Monte Getsemaní él dijo a sus discípulos que si él quería, su Padre le envia­ría legiones de ángeles para defenderle, no lo hizo, prefi­rió ser sumiso ¿Se puede ser más dueño de uno mismo?

Hoy en día los motivado­res y psicólogos modernos dicen que la mejor manera de vivir es no pensando en los errores del pasado, que trae frustración y culpa, ni por el futuro que trae incertidum­bre, vive el presente que es lo único que tienes, Jesús ya decía con respecto al pasado: “ninguno que tomando el arado y mira atrás es digno del reino de los cielos” (Lc. 9:62). Jesús dijo del futuro: “no se afanen por el día de mañana pues cada día trae su propio afán” (Mt. 6:34).

Cuando tenía que dar su vida lo hizo sin titubeos. Él dijo que daría su vida, que mori­ría y resucitaría y que nadie le quitaría la vida sino que él mismo lo daba y lo volvería a tomar. Cuando llegó la hora Lucas 9:51 dice que “afirmó su rostro para ir a Jerusalén” el lugar donde lo matarían.

Sin dudas un verdadero ejemplo de hombría y forta­leza emocional.

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