• Por Víctor Pavón

Hace 250 años se publicó el libro de Adam Smith “Inves­tigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones”, conocido como “La riqueza de las naciones”. Esta obra significó un punto de inflexión en el conoci­miento humano y no solo en la economía. Adam Smith no era economista en el sentido que se entiende a la fecha; fue un fascinante filósofo moral que estudió historia, teología y jurisprudencia.

Sus numerosos biógrafos coinciden en que contaba con una sabiduría que pocos de su tiempo, agrego incluido el nuestro, tenían. De una salud frágil, tardó trece años en escribir este libro en el que, por cierto, menciona a Para­guay en el capítulo 11 “De la renta de la tierra”.

Antes, Smith había publicado “Teoría de los sentimien­tos morales” (1759) menos famoso, pero no menos importante dado que no se podría entender La riqueza de las naciones (1776) sin aquel. Ocurrió que nuestro autor hizo riguroso uso de la metodología y la sistemática. Sin dudas, hubo economis­tas antes de Smith. Muchos se dedicaron a la materia, pero nunca con tan notable clari­dad como él.

Encaró temas como la divi­sión del trabajo, de los bene­ficios del capital, del ahorro, la inversión, el comercio y otros temas que lo convir­tieron en el padre de la eco­nomía moderna y del libera­lismo económico. Luego de Adam Smith, no hay escritor en la filosofía de la política económica que pueda dejar de mencionarlo.

Nuestro autor, desde luego, no solo se interesó por la asig­nación eficiente de los escasos recursos, lo que es usual en el área de la economía. También estableció el principio de la no intervención estatal y lo llamó “sistema de la liber­tad natural”, lo que tiempo después recibiría el nom­bre de liberalismo. El laissez faire con Gournay, Quesnay, Legendre y Turgot, aparece antes de la “Riqueza de las naciones” como un grito de libertad contra el mercanti­lismo francés, pero fue Adam Smith el que lo llevó a su reco­nocimiento universal.

Personalmente rescato de este autor su adhesión a la libertad individual. Las per­sonas, decía Smith, buscando sus propios beneficios tam­bién benefician a otros (la mano invisible), motivo por el cual no es necesaria la coer­ción para que los individuos cooperen entre sí y progresen sin dañar a otros.

Sea este escrito mi homenaje a un coloso de la historia uni­versal de quien todavía segui­mos aprendiendo: Adam Smith y su libro “La riqueza de las naciones”, publicado hace 250 años.

(*) Presidente del Cen­tro de Estudios Sociales (CES). Miembro del Foro de Madrid. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”, “Cartas sobre el liberalismo”, “La acredita­ción universitaria en Para­guay, sus defectos y vir­tudes”, y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la libertad y la República”.

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