DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • Columnista
  • marianonin@gmail.com

La casa estaba en silencio. Demasiado silencio para ser lunes. En la mesa quedaba una taza de café a medio tomar y una silla vacía.

Los chicos todavía dormían cuando todo pasó, o al menos eso fue lo que después le dijeron al vecino que llegó primero.

La historia podría ser la de Marta. O la de Ana. O la de cualquiera.

Da igual.

Porque en Paraguay, hasta este 7 de marzo, diez mujeres ya no volvieron a sentarse a su mesa.

Sí, diez.

A veces los números parecen fríos, pero detrás de cada número hay una casa que ya no va a volver a ser la misma, un cuarto que nadie se anima a ordenar, un cumpleaños que ya no se va a festejar igual.

Y, sobre todo, veintidós hijos que ahora crecerán con una pregunta que nadie sabe cómo responder.

Veintidós.

Los datos dicen que la mayoría de los casos ocurrió en el lugar donde una persona debería sentirse más segura: su propia casa.

Ocho de los diez feminicidios sucedieron ahí, entre paredes que habían escuchado promesas, discusiones, silencios. Historias que alguna vez empezaron con amor y terminaron como terminan a veces las flores cuando alguien las arranca solo para admirarlas un momento, y al rato se marchitan.

También dicen que muchas veces el agresor era alguien cercano. Parejas, exparejas, alguien de la familia. Alguien conocido. Como si la violencia se hubiera sentado durante años en el mismo sillón del living… esperando el momento de mostrarse.

Las cifras también cuentan que hubo ocho intentos de feminicidio más.

Mujeres que sobrevivieron.

Sobrevivieron… pero con una historia que seguramente también las cambió para siempre.

A veces creemos que estas cosas pasan lejos. En otra ciudad. En otro barrio. En otra vida.

Pero basta mirar el mapa: Central, Asunción, Concepción, Canindeyú. No es lejos. Es nuestro país.

Y lo más duro es que las edades cuentan otra historia todavía más triste: desde una niña menor de 12 años hasta una mujer de 80.

La violencia no distingue generaciones. Ni barrios. Ni horarios. A veces llega un lunes.

Otras veces un viernes.

O un sábado cualquiera, cuando el mundo parece seguir igual.

Hace apenas unos días el calendario marcó el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Un día de flores, de discursos, de mensajes en redes.

Pero mientras algunos celebraban, en alguna casa del país ya había una silla que empezaba a quedar vacía.

Tres de los agresores incluso decidieron quitarse la vida después, como si la violencia también terminara devorándolos a ellos.

Pero la tragedia no termina ahí, porque las consecuencias siguen caminando por la casa, por la escuela, por la vida.

Veintidós chicos. Veintidós historias que ahora tendrán que aprender a crecer sin esa voz que los llamaba desde la cocina.

La violencia contra las mujeres no es solo una estadística, es una herida social, y casi siempre no empieza el día del crimen. Empieza mucho antes.

Empieza cuando los gritos se vuelven normales. Cuando las puertas se cierran con un golpe. Cuando el silencio del barrio pesa más que la preocupación.

Hasta que un día… en alguna mesa del país queda una silla vacía.

Pero esa es otra historia.

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