En redes sociales pululan bots, activistas, periodistas y medios de comunicación que defienden a la República Islámica de Irán y a su régimen, al que siempre se lo consideró como patrocinador del terrorismo internacional.

Dicen que Irán nunca a atacado a nadie. Salvo la guerra contra Irak y un par de ataques de Israel y EE. UU. ahora y en los últimos años, las acciones militares no han sucedido en territorio de este país, porque es el régimen de los ayatolás, quien crea y sostiene a grupos terroristas para que estos hagan por ellos el “trabajo sucio”, lo más lejos posible.

Durante años, cada vez que se advertía sobre el peligro que representaba el régimen de la República Islámica de Irán, no faltaban voces que relativizaban la amenaza. Se decía que las alertas eran exageraciones, que el programa misilístico iraní era una cuestión defensiva o que el proyecto nuclear no implicaba necesariamente una amenaza regional y mucho menos mundial. Sin embargo, los hechos que hoy sacuden al Medio Oriente parecen confirmar los temores de quienes desde hace décadas advertían que el régimen de Teherán representaba un factor de inestabilidad profunda.

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En las últimas semanas, la escalada militar ha vuelto a poner en evidencia el alcance de su política agresiva. Misiles y drones lanzados directa o indirectamente desde territorio iraní o a través de proxys aliados - grupos terroristas como Hezbolá, han impactado en distintos puntos de la región. Entre los países alcanzados figuran, lógicamente Israel, Emiratos Árabes Unidos -increíblemente el más atacado, Kuwait, Bahréin, Catar, Arabia Saudita, Irak, Türkiye y Azerbaiyán, además de otros episodios de hostigamiento contra intereses occidentales en el Golfo y el Mediterráneo.

Esta expansión de ataques no es un fenómeno improvisado. Durante décadas, Irán desarrolló uno de los programas misilísticos más extensos del mundo, junto con una red de organizaciones armadas que operan como brazos del régimen fuera de sus fronteras. A eso se suma un programa nuclear cuya verdadera naturaleza siempre ha sido motivo de sospecha para gran parte de la comunidad internacional.

Hoy, quienes advertían sobre esa combinación –misiles de largo alcance, milicias ideologizadas y ambición nuclear– ven confirmados muchos de sus argumentos.

Frente a esta realidad, la respuesta militar coordinada entre Estados Unidos e Israel busca concentrarse en objetivos estratégicos: la destrucción de infraestructuras del programa nuclear iraní, los complejos subterráneos utilizados para el desarrollo de misiles, las instalaciones del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria y las estructuras de mando del régimen.

El objetivo declarado no es la expansión de una guerra regional, sino la neutralización de las capacidades militares que durante años alimentaron la amenaza.

La diferencia entre ambas estrategias comienza a hacerse visible también en la naturaleza de los blancos. Mientras las operaciones estadounidenses e israelíes apuntan principalmente a instalaciones militares y estructuras del aparato de seguridad iraní, los ataques provenientes del régimen han alcanzado zonas urbanas e instalaciones civiles en Israel y otros países de la región.

Esto revela no solo una lógica militar distinta, sino también la naturaleza ideológica del régimen iraní, cuya política exterior ha estado marcada por la exportación de su revolución y la confrontación permanente con sus adversarios.

El Medio Oriente vive hoy una de sus etapas más delicadas en años. Pero también es el momento en que muchas advertencias ignoradas durante décadas están mostrando su verdadero peso. El dilema que enfrenta la comunidad internacional ya no es si Irán representa una amenaza, sino cómo contenerla antes de que la región enfrente un escenario aún más peligroso.

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