- Por Juan Carlos dos Santos González
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La revolución islámica de 1979 no solo cambió el sistema político de Irán; instauró un modelo ideológico que hizo de la confrontación permanente su razón de ser. Desde entonces, el régimen nacido bajo el liderazgo de Ruhollah Jomeini convirtió la hostilidad hacia Occidente en doctrina oficial y transformó la consigna “muerte a Estados Unidos” y “muerte a Israel” en parte de su identidad política.
No fue retórica vacía. Fue política de Estado
Durante más de cuatro décadas, la República Islámica construyó una red de influencia basada en el financiamiento y entrenamiento de grupos terroristas en distintos puntos del Medio Oriente (los llamados proxys). Mientras denunciaba la “injerencia extranjera”, intervenía en conflictos ajenos, armaba actores no estatales y utilizaba la violencia indirecta como herramienta geopolítica. El atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina en 1994 –un ataque que marcó para siempre a Argentina– es un símbolo de esa estrategia de exportación del terror. La justicia argentina atribuyó responsabilidades a altos funcionarios iraníes, consolidando la percepción internacional de que el régimen no solo hablaba de confrontación, sino que la ejecutaba.Aquí radica la primera gran contradicción: el régimen se presentó durante décadas como víctima del imperialismo, pero actuó como actor desestabilizador regional. La segunda hipocresía se vincula con el programa nuclear. Irán insistió en que su desarrollo atómico tenía fines pacíficos. Sin embargo, esa narrativa convivía con discursos oficiales que llamaban abiertamente a la desaparición del Estado de Israel y con un liderazgo, encabezado durante años por Alí Jamenei, que convirtió la confrontación ideológica en una política sostenida. Muchos cuestionan la asimetría: ¿por qué Israel puede poseer capacidad nuclear y otros no? La respuesta no puede analizarse en abstracto, sino en función del comportamiento histórico de los actores. Israel, rodeado de amenazas desde su nacimiento como Estado, construyó una doctrina de disuasión. Irán, en cambio, articuló su discurso nuclear bajo una narrativa de confrontación activa y de apoyo a organizaciones terroristas en múltiples frentes.
La diferencia no es técnica, es política
Cuando comenzaron los ataques recientes y se produjo la eliminación de Jamenei en Teherán, la reacción internacional se dividió entre quienes lo interpretaron como agresión y quienes lo vieron como una acción preventiva. Pero el análisis no puede ignorar el contexto: durante décadas, el régimen iraní prometió la destrucción de sus enemigos, financió estructuras armadas fuera de sus fronteras y sostuvo una política exterior basada en la expansión ideológica.Además, la respuesta militar iraní no se limitó a objetivos estrictamente militares. Hubo reportes de impactos en zonas civiles en países del Golfo, incluyendo Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Baréin, Kuwait, Siria e incluso Catar, país que históricamente mantuvo canales abiertos con Teherán. Esa conducta revela que la confrontación no era meramente defensiva, sino expansiva.El punto central es este: un régimen que hizo de la amenaza permanente su identidad estratégica no puede sorprenderse cuando sus adversarios actúan bajo la lógica de la prevención.La revolución islámica prometió justicia social y dignidad nacional. Cuatro décadas después, dejó una economía debilitada, una región tensionada y un historial de confrontación constante. Su discurso antiimperialista contrastó con una práctica de injerencia sistemática. Su narrativa de defensa del islam contrastó con la instrumentalización política de la fe.Esa es hipocresía estructural: predicar resistencia mientras se practica desestabilización; denunciar agresión mientras se exporta violencia; hablar de soberanía mientras se socava la de otros.En política internacional, las intenciones importan tanto como las capacidades. Y cuando un régimen combina capacidad potencial con intención declarada de destruir a otro, la prevención deja de ser opción y pasa a convertirse, para sus adversarios, en necesidad estratégica.

