Alex Noguera (alex.noguera@nacionmedia.com)

Columnista

El calendario miente. Los paraguayos creemos que el año empieza en enero, pero eso es una ilusión óptica, como pensar que “este año sí voy a ahorrar” o “voy a bajar de peso”. La realidad es que el nuevo año se esconde detrás del calor y la resaca, y recién aparece en marzo. Y no es que “llega”, sino que le embosca a uno.

Sí, porque mientras que todavía se está calculando cómo estirar el espíritu veraniego entre lluvias traicioneras, raudales repentinos y el calor agobiante de febrero, de pronto el mes se queda con solo 28 días. Es como una película sin final. Se encienden las luces del cine y hay que salir, aunque uno quiera quedarse sentado mirando los créditos.

Hay quienes dicen que Paraguay solo tiene dos estaciones: el verano y la del ferrocarril. Pero eso también es mentira. En realidad, tiene cuatro estaciones bien definidas: diciembre de fiesta; enero, el mes de las promesas y de aguantar el bolsillo; febrero -por suerte el más corto-, cuando recurrimos a la salvadora tarjeta de crédito; y marzo, mañana, que empieza el verdadero año.

Este 28 de febrero no solo marca el fin de la pausa anual, también nos recuerda al maldito despertador, que nos espera con una sonrisa invisible para asustarnos a las 5:00 de la mañana y recordarnos que el trabajo no se toma vacaciones emocionales. Hay que seguir bregando por el pan diario. Y la cerveza diaria. Y el tereré diario. Y el asado, que pasó de ser costumbre semanal a convertirse en una plegaria permanente en busca de un milagro económico.

Marzo arranca fuerte. El 1 nos recuerda la inmolación del Mariscal López y todas las tragedias que se arrastran desde aquel 1870, cuando las aguas del Aquidabán Niguí se tiñeron de rojo. Uno quiere empezar el año con optimismo, pero la historia siempre nos mira con seriedad.

Con el fin de febrero comienza la verdadera prueba de resistencia: las clases y el fenómeno paranormal del tráfico caótico, que pide más un exorcismo que la presencia de los zorritos tratando de ordenar lo imposible mientras, por supuesto, se niegan rotundamente a aceptar cualquier coima.

También el fútbol, ese Santo Grial de penas y alegrías, está en marcha. Y claro, la expectativa con la Selección y el nuevo proceso siempre renace, aunque nuestra memoria futbolera mezcle glorias pasadas y sufrimientos recientes. Aun con deudas y reclamos de cobradores, es indispensable hacer cuentas para comprar un televisor más grande. Porque estos partidos no se ven, sino que se “disfru-sufren”. Y eso merece pantalla completa.

Así, mientras que en abril peleamos con facturas y planes de pago, llega mayo, mes sagrado de la Patria y de la Madre, en el que uno celebra, aunque no sepa bien con qué presupuesto.

En tanto que Meteorología pretenda convencernos de que en junio comenzará el frío, el ambiente se volverá tórrido hacia el 11 cuando se dé el puntapié inicial con el encuentro entre México y Sudáfrica. Y al día siguiente, se detendrá todo el país cuando la gloriosa Albirroja enfrente a los Yankis.

Para julio, posiblemente la eliminación ya estará procesada con frases como “sabíamos luego” o “la próxima será”. Las vacaciones de invierno servirán para curar el orgullo herido.

Agosto, cuidado con agosto. Es pariente lejano de enero porque se cree eterno, aristocrático y ligeramente dramático. Pero pasa. Siempre pasa.

Después, setiembre nos sacude con la primavera y su optimismo reciclado; octubre y noviembre huelen a preparativos, y en diciembre vuelve la pausa, el déjà vu y la promesa solemne de que el próximo año sí empezará en enero.

Pero todo es mentira, la verdad es que el año en Paraguay empieza en marzo… aunque uno nunca esté listo.

Dejanos tu comentario