DESDE MI MUNDO
- POR CARLOS MARIANO NIN
- Columnista
- marianonin@gmail.com
No siempre las historias empiezan en los libros de historia. Algunas empiezan en los gestos pequeños.
Hace unos días caminaba por el centro de Asunción cuando vi a un grupo de jóvenes salir del Centro Cultural Paraguayo-Americano. Reían y hablaban en una mezcla de español e inglés imperfecto, de ese que no busca perfección, sino que denota encuentro.
Uno de ellos levantó la mano y dijo: “Nos vemos mañana”. Y en esa frase simple, tan cotidiana, sentí que la diplomacia también se construye así: paso a paso, persona a persona. Con pequeños gestos y resultados gigantes.
Este 2026 no es un año cualquiera.
La Embajada de los Estados Unidos en Asunción impulsa la iniciativa Freedom 250 para conmemorar los 250 años de la independencia de los Estados Unidos. Pero más allá de los actos protocolares, lo que se celebra, o debería celebrarse, es algo más profundo: una relación de décadas entre dos países que, con diferencias y matices, aprendieron a caminar juntos.
La historia entre Estados Unidos y Paraguay no se mide solo en acuerdos firmados ni en visitas oficiales. Se mide en becas que cambiaron destinos, en intercambios que abrieron mentes, en músicos que cruzaron océanos con partituras bajo el brazo.
Pienso, por ejemplo, en ese concierto que marcará el lanzamiento de Freedom 250: la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por María Victoria Sosa interpretando obras de la compositora estadounidense Linda Robbins Coleman: música como puente. Como lenguaje común cuando las palabras no alcanzan.
También vendrán videos de impacto económico junto a la AmCham Paraguay, la presencia de Estados Unidos como país invitado en la Feria Internacional del Libro de Asunción, y celebraciones que buscarán recordarnos que la libertad, esa palabra tan grande, se construye todos los días.
Pero confieso algo.
Cada vez que escucho hablar de aniversarios patrióticos, me detengo un segundo más de lo habitual. Porque la libertad no vive en los discursos que escuchamos. Vive en las oportunidades reales, en la educación que llega, en la innovación que se comparte, en la democracia que se cuida cuando nadie mira.
La relación entre Paraguay y Estados Unidos siempre tuvo momentos luminosos y otros más complejos, como toda relación madura, pero persistió. Y persistir, en estos tiempos de vínculos frágiles, ya dice mucho.
Quizás Freedom 250 sea, más que una celebración histórica, una invitación silenciosa a mirar hacia adelante. A fortalecer una amistad que ya tiene raíces profundas y que todavía puede dar frutos.
Porque al final, las verdaderas alianzas no se firman solo entre gobiernos. Se escriben, como vi aquel día en la calle, en la risa de unos jóvenes que, sin saberlo, ya están construyendo el futuro.
Y esta alianza tiene también frutos visibles: cooperación en educación, innovación tecnológica, desarrollo económico y seguridad que fortalecen al Paraguay de hoy, y lo preparan para el Paraguay del mañana. Una amistad que no solo celebra valores compartidos, sino que produce oportunidades reales para nuestra gente, porque ese es el nombre de la verdadera libertad…
Pero esa es otra historia.