- Por Juan Carlos Dos Santos G.
- juancarlos.dossantos@nacionmedia.com
Durante meses, la guerra entre Rusia y Ucrania fue presentada como el gran choque civilizatorio del siglo XXI. No era solo una invasión: era la batalla entre democracia y autoritarismo, entre el orden liberal y la restauración imperial.
Y las pantallas y las tapas en todos los medios del planeta no hablaban de otra cosa.
Hoy, sin embargo, el conflicto sigue activo… pero ya no es prioridad. Las sirenas continúan sonando en territorio ucraniano, las líneas del frente permanecen tensas y la maquinaria militar rusa no se ha detenido.
Sin embargo, la guerra prácticamente ha desaparecido del centro de la agenda mediática sobre todo en Europa y Estados Unidos y ni hablar de Latinoamérica.No terminó. No hubo tratado de paz. No se levantaron sanciones. Simplemente dejó de ser tendencia.La explicación no es solo “fatiga informativa”.
Es también fatiga política. Sostener una narrativa épica durante años resulta difícil cuando el desenlace no es claro y el costo económico comienza a sentirse en casa. Las sociedades occidentales enfrentan inflación, crisis energéticas, elecciones polarizadas y nuevas tensiones globales.
La atención es un recurso limitado.Pero hay algo más profundo.Cuando el conflicto estalló en febrero de 2022, la reacción fue inmediata y casi unánime. Se multiplicaron los discursos de solidaridad con Kiev y se construyó un relato moral contundente.
Sin embargo, a medida que la guerra se transformó en un enfrentamiento prolongado, con avances y retrocesos, con ofensivas que no cambiaban el mapa de forma decisiva, el interés comenzó a diluirse.
La guerra dejó de ofrecer titulares espectaculares y pasó a convertirse en un desgaste estratégico.Y el desgaste no vende.Mientras tanto, el tablero global se movió. Las tensiones en Medio Oriente, la competencia entre Washington y Pekín, las disputas internas en la Unión Europea y la campaña electoral estadounidense fueron desplazando el foco.
En la lógica mediática, lo urgente reemplaza a lo estructural.Pero el conflicto no es secundario.
La guerra en Ucrania sigue redefiniendo la seguridad europea, acelerando el rearme, reconfigurando alianzas y consolidando un mundo más fragmentado. Sigue siendo un punto de inflexión en el equilibrio de poder global. Que ya no abra los noticieros no significa que haya perdido trascendencia.
Al contrario: puede ser más peligroso cuando un conflicto de esta magnitud se normaliza. Porque cuando la opinión pública deja de mirar, disminuye la presión política para buscar salidas diplomáticas reales. Y cuando la guerra se vuelve paisaje, el riesgo de escaladas silenciosas aumenta.Occidente no dejó de apoyar formalmente a Ucrania. Pero sí dejó de hablar de ella con la intensidad de antes. Y en política internacional, el volumen del discurso importa.
Las guerras que desaparecen de las portadas no desaparecen del terreno.Simplemente se vuelven incómodas. Y las guerras incómodas suelen prolongarse.

