- Dr. Juan Carlos Zárate Lázaro
- MBA
Nuestro país necesita una democracia con gente que reúna los atributos que reclama la ciudadanía, que supere los meros formalismos electorales, necesarios, pero no suficientes. Implica, inexcusablemente, la consolidación de enunciados éticos que engloben una educación de calidad en la formación de una conciencia cívica permanente, activa y responsable.
Una educación que permita el descubrimiento, la adquisición y la asimilación de los valores que promuevan el pluralismo, el respeto al disenso, la convivencia civilizada, el debate tolerante y la participación eficiente.
De ninguna manera conlleva anular o amordazar la defensa de nuestros ideales, de nuestras convicciones ideológicas y opciones político-partidarias.
Es una invitación para abonar el territorio de las disputas discursivas con altura, contenido y aportes sustantivos para la construcción de una sociedad madura y con criterios independientes. Ya es tiempo de que pongamos fin al palabrerío intrascendente, agresivo y chabacano.
Tenemos a muchos políticos sin estatura moral y sin habilidades dialécticas, que solo sirven para transmitir a la ciudadanía sus incompetencias, frustraciones y rencores.
Es ese paisaje folclórico de fracasos el que debemos desterrar si pretendemos un régimen republicano, donde la soberanía popular constituya la piedra fundamental que nos permitan alcanzar una mejor calidad de vida.
El Poder Ejecutivo no tiene el patrimonio de la democracia. La Constitución Nacional, promulgada en junio de 1992, concede importantes atribuciones al Congreso de la Nación, en tanto que el Poder Judicial había incorporado dos figuras que aspiraban a garantizar la independencia y el perfeccionamiento de la administración de Justicia en el país: el Consejo de la Magistratura y el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados.
Sin embargo, hasta ahora ninguno de ellos logró compatibilizar sus visiones institucionales dejándose muchas veces manejar por intereses sectarios, lo que hizo que nuestra democracia se haya ido desdibujando aceleradamente, salpicada por atisbos de autoritarismo, cobro de facturas y manifestaciones explícitas de prepotencia.
Las víctimas recurrentes son siempre los sectores cada vez más empobrecidos de nuestro país.
Los integrantes de ambas cámaras del Congreso Nacional, salvo honrosas excepciones, dejan mucho que desear por su limitada formación académica, debiendo haber sido ejemplos de transparencia pues fue el pueblo el que los ubicó a cada uno en sus curules para representarlos dignamente.
El gran desafío de elegir a los más aptos, a los más competentes, los que saben qué tienen que hacer y cómo hacerlo, a los más pulcros éticamente hablando, tiene dos paradas.
No es una decisión complicada. Solo hay que pensarla serenamente y sopesar muy bien acerca de los antecedentes y contribuciones al país de políticos que “mueren” por abulonarse a sus sillas, pues son conscientes que muy difícilmente podrían recibir salarios multimillonarios en el sector privado con la limitadísima formación que poseen.
Sería muy bueno que nos dispongamos a elegir bien y no simplemente limitarnos a votar.
Me gustó lo dicho por Horacio Cartes hace algunos días: el presidente de la República debe destacarse por capacidad de gestión y servicio al pueblo y no porque ya ha sido electo tiene que olvidarse de los que los votaron, eligiendo más bien el camino del individualismo y la arrogancia, que antes que construir destruye a los partidos políticos y a su dirigencia, debilitando posibilidades potenciales de que otra persona pueda entrar “a la cancha” a competir de igual a igual con otros contendores para el 2028.

