- Por Aníbal Saucedo Rodas.
- Periodista, docente y político
El prestigio intelectual del doctor Manuel Domínguez sobrevivió a sus desatinos políticos. Pero hoy no tenemos a un Manuel Domínguez. Ni mucho menos. Acepta el cargo de ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública en el gobierno “provisorio” de Albino Jara, nacido de un golpe blando que obligó a renunciar al presidente legítimo, Manuel Gondra, el 17 de enero de 1911. A pedido del errático coronel, el autor de “El alma de la raza” fundamenta el decreto del 11 de abril de ese año “por el cual se fija el mes de octubre de 1913 para celebrar la fecha de la Independencia”, por lo que el Centenario debía aplazarse por dos años. Los diarios de la época reaccionan de inmediato. Entre ellos, El Nacional, refutando los “argumentos históricos” para reducirlos a “cuestiones políticas”: “No debemos engañarnos.
El Centenario de la Independencia patria va a postergarse por razones que el gobierno no puede hacer constar en un documento oficial. Ellas están en la conciencia del pueblo paraguayo, terribles como la realidad que abate actualmente todas sus fuerzas; razones políticas, ya que nos estamos devorando hasta en los sepulcros; razones económicas, pues toda la riqueza pública, las arcas fiscales apenas pueden para hacer frente al presupuesto y al mantenimiento del poder armado, que el presidente llama orden en sus mensajes”. Y concluye: “No se decreta sobre la verdad histórica”. Con la destitución de Jara por la vía rápida de la “renuncia” el 5 de julio de 1911, aquel documento oficial quedó sin efecto. Sus propios amigos –civiles y militares– ya no toleraron más las locuras del coronel.
Albino Jara había asumido “provisoriamente” el poder con el compromiso de convocar a elecciones antes del 15 de agosto, fecha en que tenía que dejar la Presidencia de la República, según lo disponía el decreto del Congreso de la Nación del 18 de enero (1911). Pero el coronel tenía otras intenciones. Para el 21 de enero, de acuerdo con lo publicado en La Capital, se anuncia la aparición de un nuevo partido: “La dislocación producida en el seno del partido de la situación (radical) –lo que sería el oficialismo en términos actuales– y la desorganización reinante ha tiempo en los partidos de la oposición (liberales cívicos y republicanos), van a dar lugar, según las versiones circulantes, a la fundación de uno nuevo, que se denominará Unión Nacional”. Aunque el diario asegura que no cree en tal versión, informa que en la fundación del nuevo partido “serán admitidos los hombres de todos los partidos políticos existentes, con el fin de realizar la unión que tanto tiempo hace se propicia”. Pero no era un simple rumor.
El primero en firmar su adhesión al proyecto de su jefe es Manuel Domínguez. El 11 de febrero de 1911, en carta dirigida al general Bernardino Caballero, presidente del Partido Nacional Republicano, renuncia a su carácter “de miembro de la asociación de su digna presidencia”. Señala como justificación que, “creyendo con S.E. el señor presidente de la República (Albino Jara) y el doctor Cecilio Báez, y demás colegas del gabinete que, en interés de la patria amenazada por la anarquía, conviene hacer un sayo de unión de todos los hombres, cualquiera sea su filiación política, en un partido que los concilie en una sola aspiración, borrando, en lo posible, todas las distancias que los separan”. De esta manera, añade, podrá “secundar con toda libertad la realización del generoso propósito concebido por el Primer Mandatario de la Nación”. Ese mismo día, la directiva encabezada por el general Caballero acepta la renuncia. Sin embargo, después de la caída de Albino Jara, el doctor Manuel Domínguez retorna a las filas de su partido original a pedido del héroe de la Guerra Grande. Es más, el doctor Domínguez fue el vicepresidente del coronel Juan Antonio Escurra, quien asumió en 1902 y fue depuesto por la revolución de 1904.
El 5 de junio de 1911 reaparece El Nacional (suspendido por orden superior) para denunciar tres días después, el 8, que uno de sus principales redactores, Gomes Freire Esteves (autor de la imprescindible “Historia contemporánea del Paraguay: 1869-1920”), recibió la orden de abandonar el país. Dos miembros del gabinete, Manuel Domínguez y Cecilio Báez, son duramente criticados por el citado diario: “Con verdadero pesar condenamos su actitud pasiva, silenciosa y culpable en estas columnas donde solo hubiéramos querido estampar sus actos de hombría, de civismo y de independencia”. Alega que “la culpa no es toda entera del coronel Jara”, sino, también, “de los hombres máquinas, unas figuras automáticas que se mueven a impulsos de los caprichos presidenciales (…). Por consideraciones de amistad y de largas noches en pro de caros ideales de Patria y libertad, hemos querido esperar un gesto de hombres, un acto de ministros conscientes y responsables de los doctores Báez y Domínguez”.
Ambos sobrevivieron a sus fantasmas del pasado. Especialmente Manuel Domínguez, quien, en definición de Rafael Barrett, era imposible “dejar de admirar su genio vigoroso y su erudición honda”. Del doctor Cecilio Báez hablaremos en siguientes artículos. Mucha distancia con los alfeñiques académicos de hoy. Buen provecho.