• Por Nicole Mischel
  • Corresponsal de GEN en Israel

Tiempos complejos en Medio Oriente. La amenaza del régi­men iraní y la posibilidad de una incursión directa de Esta­dos Unidos ponen en riesgo la estabilidad del principal aliado de Washington en la región: Israel. Pero no es el único actor expuesto. Catar, que alberga bases militares estadouniden­ses en su territorio, también se encuentra potencialmente en la mira del régimen iraní.

Desde Israel se observa con profunda preocupación la bru­tal represión de las protestas en Irán. Diversas organizacio­nes no gubernamentales esti­man que la violencia ejercida contra manifestantes iraníes ha provocado entre dos y tres veces más muertes que las cifras oficialmente reconoci­das por el Gobierno. Las esti­maciones oscilan entre 3.000 y 30.000 fallecidos. Más allá de la imprecisión de los números, lo cierto es que el régimen iraní mantiene un patrón represivo interno mientras continúa con un proyecto geopolítico que representa un riesgo para la estabilidad regional y global.

Tras el 7 de octubre y dos años de guerra en los que Israel fue atacado por Hamás, Hezbo­llah, los hutíes y, de manera indirecta y después directa, determinante, por el régimen iraní como principal sostén de estas organizaciones, el anti­semitismo alcanzó niveles alarmantes en distintas par­tes del mundo. No se trata de posicionarse a favor de israe­líes o palestinos. El núcleo del conflicto radica en el yiha­dismo promovido y financiado por Teherán, un régimen que durante décadas ha declarado abiertamente su intención de eliminar al Estado de Israel y que avanza en el desarrollo de capacidades nucleares.

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Israel ha actuado en defensa propia, dentro de los paráme­tros que enfrenta cualquier Estado bajo amenaza cons­tante. Las consecuencias en Gaza han sido de extrema complejidad. Sin embargo, tampoco puede ignorarse que durante más de 25 años la Franja estuvo bajo el control de una organización islamista armada que convirtió el terri­torio en una plataforma de con­frontación permanente.

En este escenario, el presidente Donald Trump ha impulsado, a su manera, iniciativas orienta­das a reconfigurar el equilibrio regional. Su propuesta de cana­lizar 5.000 millones de dólares para la reconstrucción de Gaza, a través de un Consejo para la Paz, responde a una visión pragmática. Trump está bus­cando, por métodos no origi­narios, un mundo equilibrado.

Pero existe otro frente que genera inquietud: la credibi­lidad de la Organización de las Naciones Unidas. La agencia para los refugiados palestinos, UNRWA, remitió en agosto de 2025 al Ministerio de Relacio­nes Exteriores de Israel una lista de empleados en la que figuraban nombres vincula­dos a Hamás. Se trata de una situación alarmante.

La ONU fue creada en 1945 con principios claros: mante­ner la paz y la seguridad inter­nacionales, prevenir conflic­tos, fomentar relaciones de amistad entre las naciones y promover la cooperación internacional. Sin embargo, en determinados ámbitos la organización se ha politizado y ha perdido imparcialidad. La ONU no puede convertirse en tribuna para el antisemitismo.

La carta enviada desde Jeru­salén a Nueva York, el 16 de febrero, al secretario general de la ONU, António Guterres, una voz en el desierto, plan­tea precisamente esta preo­cupación. En un contexto ya profundamente tenso, el len­guaje utilizado por la relatora especial sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos, Fran­cesca Albanese, no hay ene­migo pequeño, adquiere un peso extraordinario. Cuando se formulan declaraciones que presentan a Israel como un “enemigo común de la humanidad”, como afirmó en el Foro de Al Jazeera celebrado en Catar del 7 al 9 de febrero, el impacto trasciende lo retó­rico: tales expresiones pueden alimentar narrativas hostiles y contribuir a un clima global de antisemitismo en ascenso.

La responsabilidad institu­cional exige prudencia, rigor y equilibrio, especialmente cuando se habla bajo el man­dato o el paraguas de orga­nismos multilaterales. La historia ha demostrado con dolor las consecuencias de la estigmatización colectiva. En 2005, el entonces presidente de Irán, Mahmud Ahmadine­yad, declaró que Israel debía ser “borrado del mapa”. Hoy, en un contexto de inestabilidad regional y de avances en capa­cidades estratégicas iraníes, las palabras tienen un peso determinante. Cada declara­ción pública influye en la per­cepción internacional y en la seguridad de millones de per­sonas.

La paz requiere justicia.

La justicia requiere responsa­bilidad.

Y la responsabilidad comienza por las palabras.

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