DESDE MI MUNDO

  • Por Mariano Nin
  • Columnista
  • marianonin@gmail.com

El raudal no avisa. O sí, avisa, pero ya no lo escuchamos.

Ese viernes gris en San Lorenzo, mientras el cielo parecía descargar su furia sobre el asfalto caliente, un niño de 12 años llamado Tobías fue arrastrado por el agua… y ya no volvió.

El agua se lo llevó como se lleva hojas, bolsas de basura, ramas y todo lo que encuentre a su paso. Pero no era nada de eso. Era un hijo.

Las imágenes recorrieron el país. La corriente violenta, la calle convertida en arroyo, la impotencia. Y detrás de todo, una familia destrozada. Una casa donde el silencio pesa más que todas las tormentas.

Entonces empieza el desfile de responsabilidades.

¿Los padres? El deber de cuidado es real, es innegociable. Un niño no debería enfrentar solo una tormenta. La pobreza, la rutina, la urgencia cotidiana no eliminan esa obligación. Nunca.

¿La Municipalidad? También. Las obras inconclusas, los desagües insuficientes, la falta de señalización, la planificación urbana ausente. Cada pozo abierto y cada pluvial mal diseñado son decisiones humanas, no caprichos del clima. Cuando la infraestructura falla es normal que la naturaleza cobre. Es la cruda realidad, aunque la impunidad nos diga otra cosa.

¿La ciudadanía? Sí, también nosotros. Vos, yo, la mayoría. Normalizamos el raudal. Lo filmamos. Lo convertimos en espectáculo. Sabemos qué calles se inundan y aun así repetimos el ritual de cada tormenta como si fuera inevitable. Nos acostumbramos a vivir al borde del peligro.

Y no es la primera vez. En Lambaré, hace poco más de dos años, el sargento Alexis Teobaldo Sosa Leiva fue arrastrado por una corriente similar. Otra familia suspendida en la espera. Otro nombre que el agua quiso borrar. Otra herida que el tiempo no cerró.

No es solo la fuerza de la lluvia. Es la suma de negligencias, omisiones y silencios. Es la fragilidad de ciudades que crecen sin orden, a la bartola, porque “Dios es grande”… hasta que lo convertimos en excusa.

Es la indiferencia que se acumula gota a gota y se convierte en tragedia.

El agua no distingue edades ni uniformes. Pero las responsabilidades sí tienen nombre, y mientras no asumamos, como sociedad entera, que cada tormenta pone a prueba nuestra humanidad y nuestra gestión, vamos a seguir contando muertes que no deberían ser.

Tobías no es solo una víctima del raudal. Es el reflejo de un país que todavía no aprendió a proteger lo más valioso: la vida.

Y después viene lo peor. El olvido.

En Paraguay la tragedia tiene fecha de vencimiento. La indignación es pasajera, sale en los titulares de diarios y noticieros, sacude conciencias… y luego se diluye.

Los sumarios se enfrían. Las investigaciones se empantanan. Las responsabilidades se negocian en silencio. Y la impunidad, esa lluvia invisible que cae todo el año, termina de arrastrar lo que el agua no terminó de llevarse.

Nos acostumbramos a que nadie pague. A que todo quede en declaraciones. A que la próxima tormenta encuentre los mismos errores, los mismos discursos, las mismas promesas recicladas.

Y así, gota a gota, no solo nace una tragedia. Se consolida un sistema donde la vida vale menos que la desidia.

Pero esa es otra historia.

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