• Por Juan Carlos Dos Santos G.
  • juancarlos.dossantos@nacionmedia.com

En la democracia liberal, el adversario político no se elimina: se enfrenta en las urnas. Esa es la regla básica del pluralismo. Sin embargo, en el debate público español reaparece con fuerza una idea inquietante: la posibilidad de limitar o incluso prohibir la participación política de sectores identificados con la derecha o la llamada “extrema derecha”.

Quienes han expresado con mayor claridad esa tesis son Pablo Iglesias e Irene Montero, pareja política y referentes de la izquierda surgida en torno a Podemos. Ambos han sostenido en distintos espacios mediáticos que determinadas expresiones políticas representan una amenaza estructural para la democracia española y que el sistema debería protegerse de ellas.

El debate no es menor. La línea que separa la defensa del orden constitucional de la exclusión ideológica es extremadamente fina. Cuando se plantea que ciertos sectores no deberían competir electoralmente por el solo hecho de su orientación ideológica, se ingresa en un terreno delicado: el de la democracia militante llevada al extremo.

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España ya vivió décadas de confrontación ideológica profunda en el siglo XX. La Constitución de 1978 fue precisamente el pacto para que nadie quedara fuera del sistema por pensar distinto, siempre que actuara dentro del marco legal. Alterar ese principio implica redefinir el consenso fundacional del régimen democrático.

EL RIESGO DEL ESPEJO

Iglesias ha reivindicado en numerosas ocasiones tradiciones políticas de izquierda radical y ha sido crítico del modelo liberal clásico. Montero, por su parte, ha construido un discurso fuertemente confrontativo frente a lo que denomina “reacción conservadora”. El problema no es la dureza retórica –habitual en política– sino la insinuación de que ciertos adversarios carecen de legitimidad democrática por definición.

Ese razonamiento es peligroso porque abre la puerta a una lógica excluyente: si el rival no es legítimo, entonces su exclusión puede justificarse. Pero ese mismo argumento podría ser utilizado mañana en sentido inverso.

Las democracias no se fortalecen reduciendo el pluralismo, sino ampliándolo dentro del Estado de derecho. Prohibir ideas –salvo que inciten directamente a la violencia o vulneren el orden constitucional– suele ser el primer paso hacia un modelo más cerrado.

EL EJE INTERNACIONAL Y EL DISCURSO SOBRE ISRAEL

En el plano internacional, tanto Iglesias como Montero han sido muy críticos del Estado de Israel y han defendido con firmeza la causa palestina. El debate sobre Oriente Medio es legítimo y complejo. Sin embargo, cuando el discurso político se formula en términos de desaparición de un Estado, la discusión deja de ser meramente diplomática y entra en un terreno éticamente problemático.

Cuestionar políticas concretas de un gobierno es parte del debate democrático global. Pero plantear la eliminación de un Estado reconocido por la comunidad internacional implica afectar no solo a un gobierno, sino a millones de ciudadanos.

DEMOCRACIA O HEGEMONÍA

El verdadero test democrático no consiste en permitir que gobiernen solo quienes piensan como uno, sino en aceptar que el poder puede alternarse. La tentación de construir hegemonías permanentes –desde cualquier extremo ideológico– suele presentarse como una defensa del pueblo, pero termina reduciendo el espacio cívico.

En política, el límite no debería ser la ideología, sino la legalidad. Mientras un partido o dirigente actúe dentro del marco constitucional, su exclusión por razones ideológicas contradice el principio básico del pluralismo.

La pregunta de fondo no es si Iglesias o Montero representan una corriente radical –eso forma parte del debate político– sino si la democracia española está dispuesta a redefinir quién tiene derecho a competir en ella. Y cuando esa pregunta aparece, la prudencia institucional debería imponerse sobre la pasión ideológica.