• Por Livia Mandelli
  • Profesora de la FDC

Pongamos un con­texto. Piense con­migo e imagínese así: la sala de reuniones está fría, pero usted siente un calor extraño que sube por el cue­llo. La corbata incomoda (o el collar aprieta), la mandí­bula se vuelve más rígida, y el “sí” empieza a salir con más facilidad de la que debería. Esto no significa falta de téc­nica; es fisiología más psico­logía conspirando de manera elegante: usted está experi­mentando la discreta –y poco comentada– fatiga decisoria.

En el mundo de los negocios, solemos creer que decidir es un músculo puramente racio­nal: los datos entran, el análi­sis ocurre, la elección sale. En la vida real, la decisión tiene cuerpo. Cuesta energía. Y eso es precisamente lo que el trabajo clásico de Roy Bau­meister y sus colegas ayudó a popularizar: actos sucesivos de autocontrol y elección dre­nan un “reservorio” de auto­rregulación, haciendo que decisiones posteriores sean más impulsivas, más conser­vadoras (en el peor sentido) o simplemente más fáciles, incluso cuando “fácil” signi­fica “peor para el largo plazo”.

La lógica resulta incómoda para culturas corporativas que celebran la disponibili­dad infinita: decidir, resistir, sostener el foco, contener la irritación, mantener la diplo­macia… todo eso bebe de la misma fuente. Cuando la fuente baja, la mente intenta economizar. Y economizar, muchas veces, significa:

Invitación al canal de WhatsApp de La Nación PY

• posponer lo complejo (pro­crastinación “inteligente”, con perfume de justifica­ción);

• aceptar el patrón (statu quo) para no pelear con un cerebro cansado;

• simplificar en exceso dile­mas que requieren matices;

• reaccionar de forma más impulsiva en conflictos, lo cual suele disfrazarse de “no tengo tiempo para esto”, cuando en realidad es “no tengo energía para esto”.

La fatiga decisoria se con­vierte, así, en un costo invi­sible: no aparece como línea presupuestaria, pero se fil­tra en retrabajos, concesio­nes mal negociadas, ruido político, elecciones de corto plazo y, en casos extremos, erosión ética.

Si quiere un retrato casi cine­matográfico del efecto, mire fuera del mundo corpora­tivo: decisiones judiciales. Un estudio sobre fallos de libertad condicional en Israel observó que la proporción de decisiones favorables era mayor al inicio de cada blo­que de trabajo y caía progresi­vamente hasta casi cero, vol­viendo a subir tras las pausas para el almuerzo o pequeñas colaciones.

El detalle aquí no es “los jue­ces son injustos”. El detalle es: incluso especialistas alta­mente entrenados, tomando decisiones de enorme impacto, sufren variacio­nes cuando las decisiones se acumulan sin recuperación adecuada. Ahora, respire y traduzca eso a un comité de crédito a las 18:30, a una nego­ciación sindical al final del día o a una reunión de directorio programada después de ocho encuentros consecutivos.

Hay un motivo por el cual líderes famosos redujeron decisiones triviales. Barack Obama comentó que res­tringía sus opciones de ves­tuario (tonos de gris y azul) para “podar decisiones” y preservar energía para lo que realmente importaba. En la misma línea, la lógica atribuida a Steve Jobs –redu­cir microdecisiones para pro­teger la atención– aparece recurrentemente en debates sobre rutina y foco ejecutivo (aunque, como toda anéc­dota culturalmente repetida, merezca lectura crítica).

En el ambiente organiza­cional, el “uniforme” fun­ciona como metáfora pode­rosa: estandarizar lo trivial para liberar energía para lo estratégico. No es estética; es arquitectura decisoria.

¿Qué cambia esto para quie­nes lideran?

Si la fatiga decisoria es real, el liderazgo moderno exige no solo saber decidir, sino tam­bién proteger la capacidad de decidir. Algunas implicacio­nes directas –y muy aplica­bles– son:

Deje de gastar cerebro en migajas: todo lo que pueda transformarse en regla, checklist, plantilla o ritual… hágalo. No para robotizar a las personas, sino para reser­var energía para aquello que realmente genera valor.

Las decisiones críticas nece­sitan horario: asuntos estra­tégicos y negociaciones difí­ciles deben programarse en momentos de mayor luci­dez. La franja “después del almuerzo” puede ser exce­lente para alineamientos; puede ser pésima para con­flictos delicados. El cuerpo da señales, escuche lo que dicen su cuerpo y su corazón.

No te olvides que delegar es preservación de energía (y de cultura): centralizar decisio­nes de más aumenta riesgos: cuando la cúpula está ago­tada, toda la organización paga. Delegar bien distri­buye la carga decisoria con madurez.

La pausa no es un premio; es mantenimiento pre­ventivo: el estudio de deci­siones judiciales es claro: las pausas restauran des­empeño. En las empresas, “pausa” no es solo café: es reducción de estímu­los, menor alternancia de tareas, respiros entre blo­ques de decisiones.

Es importante recordar que la literatura sobre “ego depletion” y sus mecanis­mos ha pasado por deba­tes metodológicos y revi­siones. Hoy, el campo trata el fenómeno con más mati­ces, considerando factores motivacionales, contexto, intensidad de tareas y con­diciones de medición. Para los negocios, esto no reduce su utilidad; simplemente evita simplificaciones como “si se acaba la ener­gía, se acaba el carácter”. El punto es más sofisticado: existen condiciones que degradan la calidad deci­soria, y líderes inteligentes diseñan sistemas que redu­cen este riesgo.

La pregunta que queda para cualquier empresa seria es: si las mejores decisiones definen la estrategia, la cul­tura y la longevidad… ¿por qué tantas organizaciones empujan decisiones críticas hacia el final del día, hacia la extenuación, hacia el improviso?

Tal vez el giro más sofisti­cado de la gestión contem­poránea sea este:

la productividad no es solo hacer más; es decidir mejor, con menos desgaste y menos ruido, técnico o emocional.

Y, paradójicamente, eso comienza con una medida sim­ple, casi corporal: notar cuándo la mente empieza a deslizarse hacia lo fácil. Porque, en ese momento, la decisión ya no está solo en la hoja de cálculo. Está en los hombros. Está en la res­piración. Está en ese cansancio que usted llama “rutina”.

Cuídese y cuide su rutina. Nadie lo hará por usted.

REFERENCIA

• Danziger, Levav y Avnaim-Pesso (2011), publicado en Pro­ceedings of the National Aca­demy of Sciences (PNAS). El estudio analizó 1.112 deci­siones de juntas de liber­tad condicional en Israel.

Déjanos tus comentarios en Voiz