• Jorge Torres Romero

Arnoldo Wiens, exministro del MOPC, no necesita un micrófono para victimizarse.

Necesita tres cosas mucho más simples: responder con precisión, responder sin humo, responder mirando a la cara a la ciudadanía que paga impuestos y que, de paso, también paga –con tiempo, con rabia y con pérdida de calidad de vida– cuando el Estado convierte una obra pública en ruinas.

Porque cuando un exministro sale a llorar persecución lo mínimo que corresponde es ponerle frente al espejo del expediente. No el espejo de las redes, no el espejo del “yo no fui”, no el espejo del “todos roban”. El espejo de la imputación. Punto por punto. Hecho por hecho.

Y ahí aparecen tres preguntas que, por su peso, no admiten teatrales lamentos ni monólogos de mártir.

Primera: ¿destruyó las obras sobre Eusebio Ayala del metrobús?

No hablamos de un meme. Hablamos de cemento, de zanjas, de daños, de una arteria vital intervenida y degradada. Hablamos de una ciudad que ya vive al límite de su paciencia y su tránsito. Si las obras fueron destruidas, alguien lo decidió, alguien lo ordenó, alguien lo ejecutó, alguien lo permitió. ¿Qué rol tuvo Wiens? ¿Qué sabía? ¿Qué autorizó? ¿Qué firmó? ¿Qué calló?

Segunda: ¿pagó para destruirlas?

Esta pregunta es brutal porque reduce toda la discusión al nervio del problema paraguayo: la plata pública convertida en herramienta de destrucción. Si se pagó para romper, no estamos ante un error administrativo. Estamos ante una lógica mafiosa: gastar para arruinar y luego presentarse como inocente. Si hubo dinero, que se muestre el circuito. Si no lo hubo, que se explique de dónde sale la acusación. En ambos casos, se responde con datos, no con lágrimas.

Tercera: ¿dejó sin transporte público a 300.000 paraguayos?

Esta es la pregunta que más incomoda porque traslada el foco del funcionario al ciudadano. El paraguayo común. El que espera colectivo. El que llega tarde al trabajo. El que pierde horas de vida por decisiones de escritorio. Si por decisiones políticas y administrativas se afectó a cientos de miles de personas, eso no es un “daño colateral”: es la evidencia de un Estado que maltrata a su gente y luego exige comprensión.

Entonces, antes de encender el ventilador de la victimización, Wiens debe responder el contenido de la imputación. No con frases hechas. No con “me quieren destruir”. No con “esto es político”. El que fue ministro no puede hablar como comentarista. Fue autoridad. Manejó presupuesto. Tuvo poder. Y el poder viene con una obligación: rendir cuentas.

La victimización, en estos casos, es una táctica vieja: convertir al imputado en perseguido y al ciudadano en espectador. Pero Paraguay ya no está para espectáculos. Está para respuestas. Está para que los nombres propios se hagan cargo de los hechos concretos.

Porque si la imputación es falsa, se demuestra con documentos, con fechas, con decisiones administrativas claras. Y si es cierta, se enfrenta como corresponde: con el peso de la ley y con la vergüenza pública que siempre llega tarde, pero llega.

Deje de victimizarse, Arnoldo Wiens, y responda la imputación. El país no necesita otro mártir de utilería. Necesita verdad. Y la verdad, como la maldad, tiene esa costumbre: vuelve. Como boomerang. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

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