• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

Nuestra historia política registra a intelectuales que fueron funcio­nales a regímenes autoritarios o que no supieron sostenerse en la cresta del poder cuando los días de convulsión recla­maban liderazgos que comprendieran con visión anticipadora la trascendencia del diá­logo negociador como herramienta de esta­bilidad.

Los panegiristas aclamaban a los triunfadores de las revueltas y asonadas con el laurel de los césares del Bajo Impe­rio. Quienes llegaron a la Presidencia de la República no concluyeron sus mandatos o solo completaron el periodo de otros, sin que se los vuelva a tener en consideración, con excepción de don Manuel Gondra. Y esta­mos hablando de hombres brillantes, de alto respeto en el continente.

Algunas posibles razones –que no son ajustables a todos por igual– de estas accidentadas conducciones podrían ser la arrogancia que deviene del conocimiento, la que se convierte en nulas habilidades para concertar acuerdos, o la convicción para no ceder al chantaje de las “combinaciones” –como se decía en aque­lla época– cívico-militares, que imponían y deponían jefes de Estado que no respon­dían a sus consignas o exigencias.

Uno de los más destacados intelectuales del liberalismo paraguayo y del país, el doc­tor Cecilio Báez, solo concluyó el periodo iniciado en 1902 por el republicano Juan Antonio Escurra, depuesto por la revolu­ción de 1904. Lo reemplaza (a Escurra) el liberal Juan B. Gaona, quien, a su vez, cae del gobierno por un golpe parlamentario liderado por Benigno Ferreira en 1905, asu­miendo en su lugar el doctor Báez el 9 de diciembre de ese año y ejerciendo el cargo hasta el 25 de noviembre de 1906. Menos de un año estuvo en el poder, repito, uno de los hombres más lúcidos del Paraguay. Pero en ese año logró impedir una conspiración dirigida por el mayor Albino Jara e inficio­nar al Partido Nacional Republicano nom­brando a colorados en su gabinete, logrando apartar al general Bernardino Caballero de la conducción de la Comisión Central, que dura hasta la convención de 1908.

No le fue mejor a otra mente cultivada del liberalismo, ala radical, don Manuel Gon­dra, quien estuvo en el poder menos de dos meses (25 de noviembre de 1910 al 17 de enero de 1911). Renuncia para no ceder a las presiones del eterno insurrecto coro­nel Albino Jara (cuándo no), quien se apo­dera de la Presidencia de la República dando inicio a la revolución del Norte, que con­cluye con el asesinato del gondrista Adolfo Riquelme. Su segundo mandato empieza el 15 de agosto de 1920 y termina abrupta­mente el 7 de noviembre de 1921, antesala de la revolución que enfrentó a las dos frac­ciones del liberalismo paraguayo: cívicos y radicales.

Por el lado del Partido Nacional Republi­cano, el último intelectual –hasta hoy– que se instaló en el Palacio de López fue Natali­cio González. Después de una incidentada convención partidaria, que el sector “demo­crático” calificó de atraco (“a sablazos o a balazos, Natalicio irá al Palacio”), el 15 de agosto de 1948 juró como presidente de la República. En la madrugada del 25 de octu­bre de ese mismo año, una sublevación que tenía al frente al coronel Carlos Montanaro, director de la Escuela Militar, y el coronel Alfredo Stroessner, del Regimiento de Arti­llería de Paraguarí, es sofocada por la Caba­llería de Campo Grande. Esa tarde, en un auto con bandera brasileña, Stroessner se reúne en Mburuvicha Róga con Natalicio y, luego, parte al exilio (Luis Alberto Sánchez, “Reportaje al Paraguay”, Editorial Guara­nia, 1949).

La segunda arremetida militar ya no pudo sortear y es obligado a renunciar el 30 de enero de 1949. Su sucesor es Raimundo Rolón, quien apenas estuvo en el cargo hasta el 26 de febrero. Ese mismo día, 26 de febrero, un canoero sordomudo “atravesó fantasmalmente el río Paraguay desde la costa argentina a la paraguaya. Cargaba en su canoa, como precioso contrabando, a un hombre corpulento y silencioso (…) Lo que el canoero sordomudo había depositado en tierra paraguaya era el futuro dictador per­petuo, coronel Alfredo Stroessner (…). Esa travesía nocturna inauguraba una etapa sombría para el Paraguay y la imagen espec­tral del canoero sordomudo era su signo pre­monitorio más elocuente: el de una socie­dad que a lo largo de treinta años devendría también sordomuda bajo el látigo del recién llegado” (Augusto Roa Bastos, “Stroessner, el supremo”, Cambio 16, 11 de junio de 1984). Natalicio, en definitivas, fue el último inte­lectual paraguayo, con el rigor que dicho concepto demanda, en ejercer la Presiden­cia de la República. Pero sin la fortuna de los políticos que no lo son. Buen provecho.

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