• Por Emilio Agüero Esgaib
  • Pastor

En el libro de Romanos, capí­tulo 7:14-25, está un pasaje donde el apóstol Pablo expresa su profunda lucha contra su naturaleza caída.

El libro de Romanos fue escrito por el apóstol Pablo y es su carta más larga y ocupa el primer lugar en orden en la Biblia (aunque no fue su primera carta de las 13 que escribió).

La ubicación de esta carta es por ser la más larga, pero también por ser la más teo­lógica y sistemática. O sea, el que entiende el libro de Romanos entenderá perfec­tamente el resto de la Biblia.

El libro de Romanos es el que expone de manera más clara la salvación por gracia, pero antes de mostrarnos la sal­vación de manera sistemá­tica nos muestra primero el problema.

En el capítulo 1:16,17 nos da un fundamento clave de la doctrina cristiana. Nos dice que el Evangelio, o las “bue­nas nuevas” que los apósto­les anunciaban, es “poder de Dios para salvación de todo aquel que cree” y el verso 17 dice que se “revela por fe y para fe, pues el justo vivirá por fe”. En otras palabras, la salvación es de Dios, es su poder actuando en nosotros, no nuestra propia fuerza, es para el que cree, o sea, para aquel que da por verdad lo que Dios dice y que esta verdad es una revelación espiritual, una convicción espiritual interna en la persona que hace que viva por fe y para fe, nuestro cami­nar es por fe, o sea, en depen­dencia total de Dios.

Luego, desde el 1:18 al 3:20, responde a la pregunta ¿por qué el hombre necesita de la salvación? Pablo explica la culpa de los gentiles o no judíos (1:18-32), la culpa de los judíos (2:1-3:8) y luego que toda la humanidad es culpable delante de Dios (3:9-20). La culpa de los judíos fue pecar con la ley y la de los genti­les o paganos contra su con­ciencia. Hasta que llegamos al capítulo 7, donde el após­tol Pablo nos cuenta su tes­timonio en cuanto a su lucha personal contra el pecado o su “naturaleza caída”. Son pala­bras impactantes más aún porque vienen de uno de los hombres más poderosos espi­ritualmente de toda la Biblia, un titán de la espiritualidad. Si hubiera alguien íntegro, victorioso, espiritual, inspi­rador, ese era Pablo. Si esas palabras venían de un hom­bre común y corriente, sería comprensible, a nadie le sor­prendería, ¿pero de Pablo? Es por eso que sus palabras son absolutamente impactantes.

Pablo reconoce que la ley santa de Dios saca a luz su pecado y el pecado nos con­vence que necesitamos de un salvador.

Este pasaje podría llenar­nos de frustración, pues si él aparentemente no podía librarse de sus instintos car­nales, ¿cuánto más nosotros? Pero la verdad que esto está escrito para nuestra espe­ranza. Si Pablo lidió consigo mismo, ¿por qué yo no? Si él venció, ¿por qué yo no?

La Biblia es clara en que no hay superhombres. Todos, absolutamente todos, tene­mos grandes luchas y esas luchas se hacen más eviden­tes a medida que más quere­mos parecernos a Cristo.

Conozco muchas personas que han cambiado. Conozco personas que han vencido muchas cosas y hoy son mucho mejores que antes. Conozco personas que han logrado cosas importantes, conozco personas que su solo cambio me hace creer más en Dios. Lo que no conozco es un hombre sin una lucha, sin una cruz, pero lo más bueno es que siguen caminando, no paran.

Podríamos resumir estos ver­sículos donde Pablo habla de su frustración con una sola frase: “No comprendo mi pro­ceder”.

Nuestra lucha es espiritual. No podremos vencer la natura­leza caída con nuestras fuer­zas, o sea, reprimiéndonos.

Tenemos que enfrentar nues­tra lucha, ser sinceros en que no podemos superar, aborre­cer ese pecado y buscar a Dios. Una persona con esta actitud va a vencer.

Podría haber luchas que tomen años superarla, otras se volverán como “aguijo­nes” en nuestro ser, o sea, nos perseguirán siempre, pero así también siempre la venceremos.

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