• Por el Dr. Juan Carlos Zárate Lázaro
  • MBA
  • Consultor Financiero

Solemos escuchar que endeudarse se constituye en uno de los errores que más veces repetimos con el dinero.

Hay situaciones como, por ejemplo, si tomamos la decisión de adquirir un inmueble, se torna muchas veces más difícil poder concretarlo sin que asumamos una deuda de mediano/largo plazo.

No todas las deudas son iguales. De allí que en finanzas hablamos de deuda buena y mala.

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La diferencia primaria entre ambas radica en el buen uso que hagamos de la misma. También podría incorporarse como punto de medición el nivel de endeudamiento que poseemos, que nos permita discernir mejor acerca de nuestra capacidad potencial de repago de la deuda contraída.

Cuando nos referimos a deuda buena, no hablamos de obtener un préstamo en favorables condiciones financieras.

Lo que técnicamente define a las deudas buenas es su propósito y destino, y que sean utilizadas correctamente para los fines propuestos.

En términos simples, solemos decir que las deudas buenas sirven para la adquisición de un activo, que nos pueda reportar un ingreso adicional en el tiempo, que nos permita poder obtener de la misma un retorno positivo adicional, superior al monto del capital e intereses que pudo haber devengado durante su periodo de vigencia.

Un típico ejemplo de una deuda que se considera buena es obtener un préstamo de largo plazo con garantía hipotecaria, para adquirir un inmueble que los destinaríamos a alquilar, y con la renta que nos iría produciendo sirva de fuente de repago, pudiendo ya incluso durante el periodo de vigencia del crédito el producido que podamos obtener del alquiler, ingresando a formar parte de nuestro patrimonio, que podría ir incrementándose a través de la plusvalía.

No podemos dejar de mencionar como una deuda buena la financiación que obtenemos para solventar nuestros estudios universitarios, de postgrado o maestrías, o mismo un crédito al cual podríamos acceder a una tasa activa reducida,y que podríamos invertir obteniendo una tasa pasiva superior.

Para que una deuda sea considerada buena nos debe redituar ingresos mensuales, formando parte también la contratación de préstamos para financiar necesidades de capital operativo o de trabajo, que destinemos a la compra de mercaderías objeto del segmento de negocio explotado, los cuales a través de las facturaciones realizadas nos reportarían una utilidad neta luego de deducido gastos y costos operacionales e impositivos.

En contrapartida una deuda mala puede ser considerada aquella que normalmente está orientadas al consumo y que, al revés de las buenas, no nos generarían ingresos el día de mañana, sino todo lo contrario nuestros niveles de pasivo se incrementarán.

Dentro del grupo de deudas malas se incluyen a las orientadas, por ejemplo, a financiar las vacaciones, compra de una TV, gastos de bodas e incluso fiestas familiares, que tampoco a futuro nos estarían generando ingresos pasivos, salvo que nuestra relación ingresos vs. egresos puedan soportar sin problemas el repago regular (capital más intereses devengados).

El uso compulsivo y no racional de las tarjetas de créditos, también se incorporan dentro del grupo de deudas malas, siempre y cuando no los sepamos utilizar para propósitos específicos y no circunscribiéndonos a abonar mensualmente solo el monto mínimo, pues el saldo de la deuda incluye costos financieros que se van agrandando en la medida en que nuestros niveles de amortización sean por debajo a los niveles deseados.

Sepamos discernir cuando una deuda contraída puede ser considerada buena o mala.

Un préstamo obtenido dentro del sistema financiero con tasas de intereses razonables y que no estén sujetos a variaciones permanentes, siempre será mucho más razonable que otra obtenida a costos financieros elevados, que puedan impactar negativamente en nuestras finanzas personales.

No es lo mismo hacerlo al 0 %, que te permita ahorrar un 10 % de tus ingresos al mes, sin la tenencia de otras deudas, que llegado el momento podamos tener “el agua al cuello” por no haber sabido manejar la relación ingresos vs. egresos para no estar pasando malos ratos, obligándonos muchas veces a tener que solicitar su refinanciación o reestructuración.