- Por Ariel Ruiz Díaz
Hace seis años que trabajo en proyectos sobre discapacidad. En todo este tiempo hice lo que pude con lo que sé y con lo que aprendí en mi propio camino como persona con discapacidad visual.Pasé por charlas pequeñas, asesorías a empresas, comunicación en congresos, la primera película con audiodescripción del país y este año también en proyectos deportivos que buscan crear corridas accesibles.
Con todo esto aprendí algo que se repite siempre: cuando un equipo, una empresa o un proyecto no tiene a una persona con discapacidad adentro, la accesibilidad simplemente no aparece. No porque haya mala intención. Pasa porque todavía no nos ven como sujetos de derechos.
No imaginan que podemos ir a un evento sin depender de nadie, igual que cualquier persona. Por eso vemos campañas políticas sin texto alternativo, conciertos sin accesibilidad en la compra de entradas, agencias de viaje con sitios imposibles de usar. Y sí, seguimos reclamando lo básico.
Porque la mayoría de los espacios todavía no nos contemplan como parte de ellos. Escribí manuales, guías y recomendaciones. Y casi nada se aplicó. No por falta de ganas, sino porque si no hay alguien con discapacidad dentro del organigrama… se olvida. Se pierde. Y vuelve a empezar.
Ese es el aprendizaje más claro que me queda: la accesibilidad no nace de un instructivo. Nace cuando estamos adentro. Cuando somos parte de la mesa donde se decide.Y mi conclusión es esta: si no estamos, todo sigue igual. Cuando estamos, algo se mueve. Porque nuestra experiencia no se reemplaza con ningún manual. Por eso sigo insistiendo, trabajando y ocupando espacios. Porque si no estamos, alguien más va a volver a olvidarse de nosotros.

