- Jorge Torres Romero
La muerte de Braulio Vázquez, sonidista de Unicanal, no es solo una tragedia personal ni un golpe devastador para quienes compartimos trabajo, horas y afectos con él. Es, sobre todo, una denuncia brutal al estado terminal del sistema de salud del IPS.
Braulio ya murió. Pero lo verdaderamente insoportable es que siga muriendo gente por falta de insumos, de equipos, de respuestas. Por desidia y abandono.
El Instituto de Previsión Social se ha convertido en una máquina de frustración y angustia para cientos de miles de asegurados que, mes a mes, aportan religiosamente esperando una cobertura que muchas veces no llega nunca. Y cuando llega, suele hacerlo tarde.
Sería cómodo –y falso– reducir el problema del IPS a la corrupción. Sí, la hay. Y es obscena. Pero el drama es más profundo: el sistema está perimido, agotado, diseñado para una realidad demográfica y sanitaria que ya no existe. Hace agua por todos lados.
Cambiar autoridades, barrer una cúpula y nombrar otra no resuelve nada. Es apenas maquillaje. La rosca que maneja el IPS no depende de nombres propios, sino de un entramado que opera desde hace décadas, blindado por la impunidad. Una rosca que aprendió que robar no tiene consecuencias.
Ahí está el ejemplo más obsceno: el fideicomiso de G. 828 mil millones, drenado entre administradores del abdismo y el banco Atlas, del grupo Zuccolillo.
Más de un año y medio después de la denuncia, tres auditorías confirmaron el descomunal saqueo. El dinero debía servir para construir cuatro hospitales. La plata no está. Los hospitales tampoco. Y los responsables, todos libres.
Ese es el mensaje más corrosivo que puede recibir una sociedad: se roba, no pasa nada y el sistema sigue funcionando para los mismos de siempre.
Mientras tanto, los asegurados hacen filas interminables, mendigan turnos, compran medicamentos de su bolsillo… o mueren.
La impunidad no es un efecto colateral del problema del IPS: es su combustible principal. Sin castigo, no hay reforma posible. Sin responsabilidades penales, cualquier cambio es una farsa.
Alguien tiene que dar el golpe de timón. No cosmético. No discursivo. Estructural.
Una reforma profunda, que rompa la rosca, que modernice el sistema, que devuelva al IPS su razón de ser: cuidar la vida de quienes lo sostienen.
Ojalá sea este gobierno, que ha prometido –y en otros ámbitos impulsado– grandes reformas. Porque cada día que pasa sin decisiones de fondo, el IPS no solo pierde dinero. Pierde vidas. Y eso, en cualquier país serio, debería ser intolerable. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

