• Por Jaime Zúñiga
  • Socio del Club de Ejecutivos del Paraguay

En la vida de cualquier empresa hay un momento en el que el diálogo se vuelve incómodo. Los números ya no cierran como antes. Pues la Caja, los recursos, empie­zan a tensarse y aparecen las preguntas urgentes: ¿cómo financiamos el próximo mes?, ¿qué gasto recorta­mos?, ¿a quién posterga­mos? Sin embargo, quienes hemos acompañado procesos empresariales sabemos que, en la mayoría de los casos, la Caja no es el problema. Es apenas el síntoma visible de algo más profundo.

La verdadera dificultad suele estar bastante más atrás en el tiempo. En decisiones que no se tomaron, en dis­cusiones que se evitaron, en estructuras que no se revisa­ron cuando el negocio toda­vía tenía margen. Mien­tras el mercado acompañó, esas omisiones parecieron manejables. Cuando dejó de hacerlo, la Caja, lo disponible, pasó a ocupar el centro de la escena y desplazó cualquier conversación estratégica.

En ese punto, muchas empre­sas caen en la misma tenta­ción: soluciones rápidas, par­ches transitorios, medidas pensadas para ganar tiempo más que para corregir el rumbo. Se ajusta sin redise­ñar, se financia sin ordenar, se posterga sin plan. El alivio es inmediato; el costo, diferido y casi siempre mayor.

Este patrón no es exclusivo del mundo empresarial. Basta observar el debate actual sobre la reforma de la Caja Fiscal. Con un déficit que podría superar los USD 350 millones en 2025, el problema ya no admite eufemismos.

El Gobierno ha puesto sobre la mesa propuestas concre­tas orientadas a reducir entre el 50 % y 60 % del desequili­brio, sin recurrir a mayores impuestos generales, sino a una reestructuración interna del sistema.

Las medidas planteadas, que proponen establecer una edad mínima de jubilación, incre­mentar los aportes, unificar criterios para evitar retiros prematuros y corregir asi­metrías en el cálculo de los beneficios, apuntan a una cuestión central: la sostenibi­lidad. Especialmente cuando se constata que casi la totali­dad del déficit se concentra en sectores donde la jubilación temprana y reglas diferencia­das terminaron volviéndose insostenibles.

No se trata de discutir si estas decisiones son cómodas. No lo son. Tampoco son políti­camente simpáticas, pero sí son necesarias. Y, frecuente­mente, tardías. Así como en tantas empresas, el problema no surgió de un año para otro, sino de la acumulación de concesiones que nadie quiso revisar a tiempo. Cuando los sectores que sostienen la acti­vidad económica reclaman previsibilidad, reglas claras y soluciones de fondo, están señalando un límite que ya no puede ignorarse.

Las decisiones verdadera­mente responsables exigen asumir costos hoy para evi­tar crisis mayores mañana. Exigen diálogo, datos, pla­nificación y una mirada que trascienda coyunturas políti­cas y calendarios electorales. Postergarlas puede dar tran­quilidad momentánea, pero erosiona la credibilidad ins­titucional y compromete a las próximas generaciones.

La Caja, empresarial o fiscal, no se ordena sola. Refleja la calidad de las decisiones que se toman, o se evitan, a lo largo del tiempo. Cuando el debate se reduce únicamente a cómo tapar el agujero, lo que queda en evidencia no es un problema financiero.

Es una falta de liderazgo estratégico. Porque cuando la Caja empieza a doler, el tomar decisiones estratégicas de largo plazo deja de ser una opción: se convierte en una obligación. La que casi siem­pre es más cara y con muchas menos alternativas.

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