• Marcelo Pedroza
  • Psicólogo y magíster en Educación
  • mpedroza20@hotmail.com

Tales de Mileto, quien vivió hacia el último tercio del siglo VII a. C. y murió a mediados del VI a. C., es tradicionalmente considerado el primer filósofo de Occidente, en la medida en que inaugura un modo de interrogación racional acerca del cosmos, desplazando progresivamente las explicaciones míticas.

Este gesto fundacional marca un punto de inflexión en la historia del pensamiento, allí donde el ser humano comienza a apelar al logos para comprender el orden del universo que lo rodea.

Su reputación como sabio ha llegado hasta nosotros a través de testimonios indirectos, entre ellos los de Plutarco, Heráclito y, de modo sistemático, Aristóteles, dado que no se conservan escritos propios. Así, su legado se halla constituido por doctrinas transmitidas oralmente y cristalizadas en anécdotas filosóficas que sobrevivieron a su existencia histórica.

En el contexto arcaico griego, la cuestión del origen (arché) de todas las cosas suscitaba asombro y abría el horizonte del pensamiento filosófico.

En este marco, Tales de Mileto, uno de los Siete Sabios, sostuvo que la materia no debía ser concebida como algo esencialmente inerte, sino como portadora de un principio interno de movimiento.

Desde esta perspectiva, no resulta necesario postular una causa externa para explicar el dinamismo de lo real, puesto que el movimiento es inherente a la naturaleza (phýsis) misma.

Tales no estableció una separación tajante entre materia y vida, ni entre lo animado y lo inanimado, lo cual lo condujo a una concepción vitalista del cosmos, sintetizada en la célebre afirmación de que “todo está lleno de dioses”. Tal sentencia puede interpretarse como la intuición de que la realidad está penetrada por un principio activo, dinámico y viviente.

Esta concepción se apoya en una forma temprana de reflexión empírica, como lo ilustra la observación que hizo acerca del imán: la piedra imán, al atraer el hierro, parece poseer un principio de movimiento propio. Afirmando que el imán tiene alma (psyché).

Para los griegos de esta época, la psyché no remite aún a una sustancia espiritual separada, sino que designa, ante todo, la fuente del movimiento, de la vida y de la actividad consciente. En consecuencia, si algo es capaz de mover, entonces participa de lo animado.

Así, incluso los objetos aparentemente inertes contienen en su interior un principio vital que, al exceder al sujeto humano, es reconocido como divino.

El pensamiento de Tales inaugura una visión cosmológica en la que naturaleza, vida y divinidad no se hallan escindidas, sino integradas en una misma realidad dinámica.

Por ende, el movimiento que anima al ser humano, su capacidad de actuar, percibir y conocer, se inscribe en una continuidad ontológica con el movimiento de la phýsis (la totalidad de lo real), manifestándose como una expresión singular de esa energía universal.

Dejanos tu comentario