• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

Aunque ya pasaron cincuenta años, aún la recuerdo con ese rostro de madre agrietado por la tristeza. Nunca la escuché hablar. Ni quejarse. Las palabras eran ahogadas por entrecortados suspiros que revelaban el silencioso dolor que la hundía en la nada más oscura. Se sentaba en un lugar apartado en aquella casa de parientes, que era cercana a la nuestra en la Pilar de los años 70. Más precisamente a finales de 1974.

En los meses siguientes llegaba regularmente desde su natal Villalbín hasta la capital del departamento de Ñeembucú para, luego, viajar hasta Asunción en colectivo. Cada vez más inexpresiva, como si su mente se hubiera extraviado en los laberintos de una cruel incertidumbre. Había perdido la alegría, pero no el coraje.

Sus repetidos retornos venían acompañados por latambién repetida imagen de la frustración. Sus hijos, Rodolfo y Benjamín Ramírez Villalba, estaban con paradero desconocido. Ninguna autoridad policial se animaba a confirmar el lugar de su detención. Algunos hasta negaban que estuvieran presos. Como recurso extremo acudió a pedir auxilio a un compueblano y capellán de la Armada Nacional, el sacerdote Ramón Mayans. Ahí recibió la primera respuesta en una mezcla de angustia y negación, según cuenta uno de los familiares: “Ese caso está terminado” [Mauricio Acosta Jiménez, en “Sembrados en la tierra… (Torturados y desaparecidos de Ñeembucú)”, 2011].

En esa época (1975-1976) compartían celda con Euclides Acevedo. Y, también, con Carlos José Mancuello y Amílcar Oviedo. El entonces joven dirigente del Partido Revolucionario Febrerista (PRF), con 25 años de edad, recuerda que “uno de ellos, de los Ramírez Villalba, ya andaba arrastrado a raíz de las constantes torturas a que era sometido, no podía caminar porque tenía las piernas destrozadas. Y las rodillas supuraban por las llagas que se les había formado al sobrevivir en esas condiciones infrahumanas”.

En la noche del 21 de setiembre de 1976, otra detenida, la doctora Gladys de Sannemann, vio a los cuatro por última vez en el corredor de la muerte que conducía hasta la oficina del jefe de Investigaciones, Pastor Coronel. Un informe redactado por sus torturadores el 22 de setiembre de 1976 denuncia que “los cuatro se escaparon de sus celdas”. Sin embargo, el oficial de guardia anota en su cuaderno a las seis de la mañana de ese día: “Sin novedad”. Esa contradicción permitió que los responsables de esta desaparición forzada fueran llevados ante la Justicia.

Aquella madre, doña Fabriciana Villalba de Ramírez, decidió ignorar el trágico destino de sus hijos y continuóperegrinando por los centros de detenciones de Asunción buscando respuestas. Ni siquiera encontró sus huesos para darles sepultura. En el 2006, la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó a Paraguay, ergo, al “gobierno constitucional del excelentísimo señor presidente de la República, general de Ejército, don Alfredo Stroessner”, por la desaparición forzada de Agustín Goiburú (un colorado de estirpe ética), Carlos José Mancuello y los hermanos Rodolfo y Benjamín Ramírez Villalba, siendo fundamental para este fallo los denominados Archivos del Terror.

El 21 de setiembre de este 2026 se cumplirán cincuenta años de aquella brutal ejecución. Memoria que debe ser honrada desde los colectivos democráticos y desde el Estado, por más que, desde la arrogancia sin códigos éticos, se haya pretendido escupir sobre sus desconocidas sepulturas.

Será justicia. P.D.: Doña Fabriciana falleció también en setiembre, el 25, de 1995, sin hallar siquiera el consuelo de haber encontrado la tumba de sus hijos.

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