DESDE MI MUNDO
- Por Carlos Mariano Nin
- Columnista
- marianonin@gmail.com
¿Te imaginás el mundo a oscuras? No una metáfora. Oscuro de verdad. Sin energía. Sin agua. Sin pantallas. Sin señales. Sin ese zumbido eléctrico que hoy nos sostiene la vida.
¿Sobreviviría el hombre moderno?
Yo lo imagino así.
El calor sería insoportable. El cemento devolvería el fuego que absorbió durante años. Extrañaríamos, tarde, los árboles que talamos y el pasto que cubrimos para sumar una habitación más, un piso más, un poco más de comodidad. En los edificios muchos no resistirían. Y entonces empezaría el éxodo. Silencioso al principio. Desesperado después.
No es una exageración: desde 1990 el planeta perdió más de 129 millones de hectáreas de bosques, según la FAO. Es como si hubiéramos borrado del mapa un país del tamaño de Sudáfrica. Y seguimos.
En pocos días buscaríamos agua potable. No para bañarnos. Para vivir.
Y ahí se rompería todo.
No habría guerras entre países. Habría algo peor: amigos contra amigos, familias contra familias, vecinos contra vecinos. Se tomarían centros de distribución. Las reservas de agua tratada durarían apenas horas, tal vez días. Después, la gente bajaría a ríos, lagos, arroyos. Pero encontraría agua enferma. Envenenada. Convertida en depósito de basura y desechos.
Hoy, más de 2.000 millones de personas ya no tienen acceso seguro a agua potable, y la Organización Mundial de la Salud advierte que la crisis se agravará por contaminación, cambio climático y crecimiento urbano descontrolado. El futuro no está tan lejos: ya empezó.
Los celulares quedarían muertos. Las computadoras, inútiles. Las redes, mudas. Sin comunicación, el mundo se achica. Nos quedaríamos solos. Perdidos. Intentando sobrevivir a una noche larga, espesa, sin un final claro.
El planeta ya no sería el que conocemos. Y nosotros tampoco.
Se dice que el 99,9 % de las especies que alguna vez habitaron la Tierra ya se extinguieron. Y según el último informe del WWF, las poblaciones de animales silvestres cayeron en promedio un 69 % en apenas 50 años. El informe de IPBES es todavía más brutal: un millón de especies están hoy en riesgo de extinción.
No es una película apocalíptica. No es ciencia ficción.
Probablemente ese día no llegue mañana. Tal vez no lo veamos nosotros. Pero estamos empujando al planeta hacia ese borde, con una velocidad que asusta.
A veces la fantasía no es un escape: es un aviso. Un mensaje que llega de a poco, hasta que se vuelve real.
Buscamos vida en otros planetas, mientras hacemos cada día más inhabitable el nuestro. Queremos progreso sin costo, confort sin renuncias, desarrollo sin consecuencias. Pero el tiempo de decidir es ahora. No después. No mañana.
Porque si seguimos así, el mundo no se va a apagar de golpe.
Se va a ir apagando despacio.
Como una luz que nadie se detuvo a cuidar.
Y entonces ya será tarde para preguntarnos en qué momento dejamos de sentirlo como nuestro hogar.
Pero claro, esa es… otra historia.

