• Víctor Pavón (*)

Luego de la caída del socialismo (1917 – 1989) algunos autores como Francis Fukuyama en su libro “El fin de la historia y el último hombre” dijeron que la democracia liberal capitalista había triunfado y que no había forma de retroceso alguno. Esto no sucedió.

Las mismas democracias estaban hiriendo de muerte al libre mercado y al imperio de la ley. El socialismo fabiano y la escuela de Frankfurt mantuvieron vivo el virus colectivista. Luego vinieron el Foro de San Pablo y el Grupo de Puebla.

Emergió la social democracia, la tercera vía entre capitalismo y socialismo y demasiado cerca de éste último. En la década de 1970, insisto, en plena democracia, la tercera vía fracasó en los países desarrollados. El patrón oro que contenía a los gobiernos de aventuras monetarias y crediticias se dejó definitivamente en 1971, aunque su abandono ya se había iniciado en 1930. Las deudas, los impuestos, la mayor participación estatal agobiaron a los individuos e hicieron colapsar a las economías.

Las recetas del keynesianismo se convirtieron en una moda difícil de desechar. Muchos liberales se volvieron keynesianos. Pocos se mantuvieron en el frente de batalla, entre ellos, Mises, Hayek, Rothbard y otros dejaron un legado de referentes en todas las naciones.

El keynesianismo es seductor. Es el anillo al dedo para tecnócratas y políticos. Basado en la demanda agregada incrementa el gasto público, el déficit y la deuda desembocando en inflación. La estanflación, una mezcla de recesión, desempleo e inflación sacudió a los países desarrollados en la década de 1970 con el aval, vuelvo a recalcar, de la democracia.

Por fortuna, se pudo zafar de esa trampa propiciada desde y por el Estado. Ocurrió que el capitalismo liberal había creado el suficiente ahorro e inversión y con la función empresarial se pudo aguantar y revertir de algún modo los desvaríos del estatismo democrático.

Todavía más, hacia 1980 despertó un remanente fiel cultural e histórico. Surgió la revolución conservadora con Margaret Thatcher y Ronald Reagan, en Inglaterra y Estados Unidos respectivamente.

Con Thatcher y Reagan se iniciaron las reformas de liberalización, el intento por retornar a los ideales de la libertad, el gobierno limitado, la defensa de la familia y las tradiciones. Sin embargo, el socialismo es como la Hidra de Lerna – monstruo de varias cabezas- de la mitología griega que se regenera y no cesa en su intento de dominio.

El Estado es considerado de carácter divino, omnipotente, omnisciente y omnipresente. Todo puede, sabe todo y está en todas partes; cada vez más caro, ineficiente y corrupto. Hay que ir hacia un nuevo orden social. Igual que ayer, hoy y siempre: libertad o tiranía.

(*) Presidente del Centro de Estudios Sociales (CES). Miembro del Foro de Madrid. Miembro del Consejo Internacional de la Fundación Faro. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”: “Cartas sobre el liberalismo”; “La acreditación universitaria en Paraguay, sus defectos y virtudes” y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la Libertad y la República”.

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