• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

Si “Cien años de soledad”, según el propio Gabriel García Márquez, era un vallenato de 400 páginas, “Lidia Mariana”, del interminable Quemil Yam­bay, pudo haber sido una novela romántica de 400 páginas. Una conmovedora historia de amor en dos tomos, porque el hilo con­ductor para conocer qué pasó de aquella arrebatada pasión lo relata en “Amombe’úta peeme la peikuaasetéva” (“Les voy a contar lo que tanto quieren saber”). El miércoles 14 de enero –el más querido y el más popu­lar, en sintética y precisa definición de Liza Bogado– partió al encuentro de la inmorta­lidad. Partió, pero no se irá, porque, como Ciro Alegría, desde el momento en que se fue, ya estuvo regresando.

Navegó con igual destreza entre el amor y el humor. Alternó sin altibajos los sentimien­tos más intensos y melancólicos con inter­pretaciones jocosas, que no por repetidas –y, por ende, sabidas– dejaban de contagiar con risa a su público. Podía confesar, en versión satírica, que tenía cuatro mujeres (“Areko cuatro kuña”) y, al mismo tiempo, cantarle al hogareño empedernido y dominado (“Lorito óga”). La recreación de “Pyhare amangýpe”, de Emiliano R. Fernández y Félix Pérez Car­dozo, era de las más solicitadas por su hete­rogéneo auditorio.

Su imitación de los ani­males de diversos pelajes y plumajes durante una recia tormenta que infundía miedo ya forma parte del paisaje de la memoria. Pero, naturalmente, sus clásicos populares esta­ban fuertemente identificados con “Lidia Mariana” y “Mokõi guyra’i”, con música y letra de su autoría. En 2007 fue declarado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) Tesoro (o Patrimonio) Humano Vivo. Poco después, en 2009, el Centro Cul­tural de la República El Cabildo, órgano dependiente del Congreso de la Nación, le concedió el reconocimiento Maestro del Arte en la categoría de Música. Ese mismo año recibió también la condecoración Gran Cruz de la Orden Nacional del Mérito, otor­gada por el Estado paraguayo.

Fue querido y admirado en un ancho marco que incluía, entre otros, al maestro Luis Sza­rán, Juan Cancio Barreto, Ricardo Flecha, Óscar Pérez y Liza Bogado. Durante la cele­bración del Bicentenario de la Independen­cia Nacional vivió uno de los momentos más emocionantes de su carrera cuando, antes de cantar “13 tuyutí”, a dúo con el tenor Jorge Castro, entró al escenario con su peculiar e inconfundible sapukái, ante un público encendido que le devolvió un apoteósico recibimiento.

En el deporte, amó a su Club Guaraní con insobornable entrega. A la ya tradicional polca dedicada al Legendario agregó su inol­vidable “Guaraní campeón”, en homenaje a ese formidable equipo de 1984 dirigido por el icónico Cayetano Re. Para el Mundial de Fútbol de México 1986 grabó “Gol para­guayo” y “Romerito” (Julio César Romero). Y al final de aquella jornada ecuménica rin­dió tributo a Roberto “Gato” Fernández, por su épica atajada del penal ejecutado por el mexicano Hugo Sánchez, goleador del Real Madrid, a los 45 minutos del segundo tiempo.

En la política fue adherente de la Asociación Nacional Republicana. Parte del imaginario popular colorado le atribuye un apreciable porcentaje en la victoria del partido en las elecciones generales del 9 de mayo de 1993. Con amplia desventaja en las encuestas del candidato oficialista, el experto en marke­ting, brasileño, aconsejado por sus colabora­dores locales, echa mano al último recurso a quince días de las elecciones: la versión de Quemil Yambay de la polca “Colorado”. Bombardeo incesante por radio y televi­sión de una canción que duraba tres minu­tos (no regía la ley de pautas), con emotivas imágenes de fondo, y que instaba a votar por el partido a como dé lugar: a pie, a caba­llo o en canoa. Los republicanos, entonces, recuperaron su sentido de pertenencia. Y las encuestas dieron un giro radical en la realidad.

Fue leyenda rebautizada como el Coman­dante del Folklore. Armó una trilogía de oro con “Mokõi Guyra’i”, “Lidia Mariana” y “Aháta che nendive”, de Alíder Vera Guillén y Vidal Cabañas Saldívar (Johnnie Walker). Con su música hizo vibrar a los paraguayos en el mundo, de punta a punta: desde Buenos Aires hasta Nueva York. En 2017 decidió que había llegado el momento de retirarse. El 6 de octubre se lanza “El último sapukái”, en el Estadio Bicentenario, de la ciudad de Ypaca­raí. Nadie quiso estar ausente en ese home­naje. Fue una fiesta para siempre. Después se recogió al silencio de su hogar. Un silen­cio imposible porque cada fin de semana, con precisión de buen reloj, era “víctima” de imprevistas serenatas de amigos, expe­rimentados músicos y algunos que recién empezaban. Todos querían dejar sus huellas de gratitud. Y un día, el 14 de enero de 2026, se fue así como él quiso: “banda púpe”. Hasta siempre, don Quemil Yambay; el eterno.

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