DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • marianonin@gmail.com

Anoche, mientras la ciudad seguía su rutina cotidiana: el tráfico, la cena, el cansancio, en un inquilinato de San Lorenzo el mundo se rompía en silencio.

Johana Marie Villasanti, 30 años. Su hija, 12 años. Madre e hija eran asesinadas a puñaladas.

Veinticinco heridas en el cuerpo de la mujer. No es un número. Es una escena. Es una lucha. Es el intento desesperado de vivir. Las manos tratando de sujetar el arma.

El cuerpo retrocediendo.

El miedo.

El último segundo.

El forense fue claro. No habló de “exceso” como palabra vacía. Habló de violencia feminicida. Lo dijo con la frialdad técnica que exige su oficio, pero detrás de cada término hay una verdad que duele: esto no fue un arrebato, no fue una pelea, no fue un hecho aislado. Fue poder. Fue control. Fue odio.

La niña tenía 12 años.

Doce.

Una edad en la que la vida debería ser recreo, cuadernos, sueños torpes y futuros largos. No cuchillos. No gritos. No sangre en una habitación alquilada.

Un hijo sobrevivió. Escapó herido. Corrió. Pidió ayuda. Vivirá con cicatrices que no se ven en un informe forense. Vivirá sabiendo que llegó tarde. Y esa carga no debería existir en ningún niño.

El presunto autor es alguien que alguna vez fue familia. Exesposo. Padrastro. Padre. Palabras que deberían proteger, no matar.

Pero la violencia machista suele esconderse ahí, en lo cotidiano, en lo que “no parecía grave”, en lo que se toleró demasiado tiempo.

Llevamos seis feminicidios en lo que va de enero. Seis en doce días.

Los números se repiten.

Las estadísticas.

Los nombres que duran un día en las noticias. Y después seguimos.

Como si nada.

Pero algo debería romperse en nosotros cuando una madre recibe 25 puñaladas y una niña muere por estar ahí.

No es solo un crimen.

Es un espejo.

Es una pregunta que vuelve incómoda, persistente: ¿cuántas señales ignoramos antes de contar los muertos?

No es solo un asesinato. No.

Es un espejo.

Es una herida abierta en una sociedad que llega siempre tarde, que mira de reojo, que normaliza el miedo en nombre de la costumbre.

Y esa…

es otra historia.

Quizás suene similar a otras columnas, a otras situaciones, a otras estadísticas y esa es la realidad. Es como un estigma que nos persigue, que nos deja un vacío en el alma y un dolor persistente en el corazón.

Hasta la próxima historia.

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