EL PODER DE LA CONCIENCIA

  • Por Alex Noguera
  • Columnista
  • alex.noguera@nacionmedia.com

Hay noticias que informan, pero que también hieren hasta lo más profundo del alma. Por ejemplo, los casos de Canela y León, dos perritos que fueron víctimas de explosivos colocados en sus bocas y las que no se pueden olvidar fácilmente porque nos obliga a mirar de frente algo que a la sociedad paraguaya incomoda. Muchos no podemos comprender la capacidad humana de causar un daño atroz a un ser completamente indefenso y que forma parte de nuestra familia.

Cuando iniciaba el 2026, en el barrio Caacupemí de Areguá unos jóvenes traviesos “sin querer” hicieron que un cebollón le explotara a Canela en la boca y le destrozara la mandíbula. Podría ser mala suerte, pero no, a unos 140 km de allí, en el barrio Toro Blanco de Caaguazú, otros jóvenes con alevosía se divertían haciendo lo mismo, pero esta vez el viejo perro León, de 11 años, también fue víctima de los criminales. El cebollón en la boca de León fue mortal pero divertido, al punto que los muchachos que provocaron el atentado entre risas hasta se encargaron de grabar su hazaña con sus celulares. No fue coincidencia. Mostraban las imágenes con orgullo.

Canela sobrevivió, pero perdió la mandíbula; León no tuvo esa suerte y murió. Dos historias distintas, pero un mismo horror. Más allá de las versiones de que si fue intencional o si fue “un accidente”, hay una realidad imposible de esquivar y es que alguien tomó una decisión que terminó en sufrimiento extremo y en muerte. Y cuando se trata de una vida inocente, la palabra accidenteresulta insuficiente y hasta ofensiva.

Me pregunto ¿qué pasa por la mente de estos jóvenes que son capaces de cometer actos tan viles? ¿Qué sienten antes, durante y después? ¿Son felices? ¿Hay remordimiento? ¿O vivimos en una época en la que el dolor ajeno ya no importa al punto de convertirse en entretenimiento, en desafío, en anécdota, en likes para sentirse aceptado en una comunidad cada vez más enferma?

En este caso, el castigar pasa a segundo plano, es más importante tratar de entender sin justificar, comprender para prevenir. Porque estos actos no nacen de la nada y mañana los mismos protagonistas de hoy pueden ser las víctimas humanas. Se siente una desconexión profunda con el semejante, una normalización de la violencia, una ausencia de empatía que debería alarmarnos como sociedad.

En el caso de Canela, la primera versión fue que el hecho fue a propósito, luego los familiares cambiaron el discurso, tal vez por miedo al darse cuenta de las posibles consecuencias, pero la responsabilidad no se diluye con explicaciones tardías ni con cambios de versión. Toda acción debe tener consecuencias y en este caso el peso moral es mayor ya que la víctima no podía defenderse, no podía huir, no podía entender. Era una mascota, un ser que confía.

La Biblia enseña que para que un pecado sea perdonado deben cumplirse tres condiciones: arrepentimiento sincero, asumir las consecuencias y reparar el daño causado. Pero surge la pregunta sin respuesta de ¿cómo se repara una muerte? ¿Cómo se devuelve una mandíbula perdida o la capacidad de alimentarse, de jugar, de vivir sin dolor? ¿Cómo se borra el trauma que queda para siempre, tanto en el animal sobreviviente como en quienes lo cuidaban?

Hay daños que no admiten reparación. Solo queda la responsabilidad, la memoria y el compromiso de no repetirlos. Y también la obligación de preguntarnos qué clase de jóvenes estamos formando y qué padres permiten este tipo de conductas. Tiene que haber castigo ejemplar. No se puede tolerar la crueldad cuando se disfraza de “error”.

Canela y León no son solo nombres en una noticia, son dos seres inocentes que se reflejan en un espejo y que proyectan miedo porque no logramos entender lo ocurrido. Pero por sobre la vergüenza que sentimos, asusta la falta de conciencia ya que nada impide que diversiones como estas ocurran de nuevo.

Dejanos tu comentario