DESDE MI MUNDO
- Por Carlos Mariano Nin
- Columnista
- marianonin@gmail.com
Esta columna les parecerá repetida, y es verdad, la escribí hace unos años, y me gusta, porque me hace sentir que el mundo también tiene cosas buenas. Cosas que nos dan esperanza y nos hacen sentir bien con la humanidad.
No porque el mundo haya mejorado, tal vez todo lo contrario, sino porque, incluso en medio del ruido, la violencia y la desconfianza, siguen existiendo gestos que nos recuerdan quiénes somos cuando nadie nos mira.
Esta historia no habla de política, de geopolítica ni de economía.
Habla de humanidad.
Yo la viví desde el auto. Nadie me la contó.
Pedrito no debe tener más de 10 años. Lo veo desde hace un tiempo sobre Chóferes y Mariscal López (aunque últimamente, cuando reescribo estas líneas, no lo volví a ver).
Sé su nombre porque me llamó la atención su sonrisa. Y en uno de esos cambios de luces intercambié con él algunas palabras. Limpia vidrios mientras sus padres venden, a veces frutas, otras chucherías, lo que esté al alcance para ganarse algo que llevar al plato.
Nada más.
No creo que les dé para vivir dignamente. Pero esa es otra historia.
Venía pensando en las sonrisas de mis hijos al encontrar sus regalos de Reyes. Es lo más grande, me decía a mí mismo, hasta que Pedrito cambió mi perspectiva.
Alguien desde un auto le entregó un paquete. Vi su sorpresa y cómo se transformó su carita al abrirlo. Sonreía de manera mágica. Como si estuviese descubriendo algún tesoro. Tiene 10 años, pensé. Seguro no esperaba un regalo de Reyes en esa calurosa calle donde cada día lucha por sobrevivir.
Entonces, sucedió algo que yo no esperaba.
Pedrito se detuvo. Pensó. Envolvió el juguete de nuevo y sin cruzar palabras con nadie pasó de un lado a otro de la calle y le dio el paquete a un niño indígena muy pequeño que lo abrazó y hasta puedo jurar que lloró.
Me sentí pequeño en un mundo enorme. Si los grandes tuviésemos esa solidaridad, el mundo sería diferente.
La fantasía de los Reyes se había consolidado en ese momento real. Pedrito volvió a limpiar vidrios. Y yo me perdí en ese gesto. Me recordó mi niñez, a mamá y sonreí en silencio. Miré a todos lados a ver si alguien más lo había percibido. Seguí mi camino. El 6 de enero siempre tendrá esa magia.
Pero esa es otra historia.