• Por Juan Carlos dos Santos G.
  • juancarlos.dossantos@nacionmedia.com

Durante casi dos décadas, la Franja de Gaza no fue gobernada: fue secuestrada. Desde que Hamás tomó el poder en 2007, el destino de más de dos millones de palestinos quedó subordinado a un solo objetivo ideológico y militar: la destrucción del Estado de Israel. Todo lo demás —el desarrollo social, la economía, la educación, la infraestructura básica— pasó a ser secundario o, directamente, prescindible.

Y los números son contundentes. Gaza recibió miles de millones de dólares en ayuda internacional a lo largo de estos años. Fondos provenientes de Naciones Unidas, de la Unión Europea, de países árabes y de múltiples ONG occidentales que, en teoría, debían servir para mejorar la calidad de vida de la población civil.

Gobernar contra su propia gente

Sin embargo, hoy Gaza es sinónimo de pobreza extrema, destrucción urbana y desesperación humanitaria. ¿Dónde fue a parar todo ese dinero?

La respuesta es incómoda, pero ineludible: fue absorbido por la maquinaria terrorista de Hamás.

Mientras hospitales carecían de insumos, Hamás construía una ciudad subterránea de túneles. Mientras los barrios sufrían cortes crónicos de agua y electricidad, el grupo islamista desviaba materiales para fabricar cohetes, depósitos de armas y centros de mando militar. Incluso la infraestructura hídrica —tuberías destinadas a la desalinización y distribución de agua potable— fue literalmente desenterrada para ser convertida en lanzaderas y componentes bélicos. Gaza no fue empobrecida por casualidad; fue empobrecida por diseño.

Hamás nunca gobernó pensando en los palestinos de Gaza. Gobernó contra ellos, utilizándolos como escudos humanos, como herramienta propagandística y como moneda de cambio en su confrontación con Israel. Cada escalada militar era presentada como “resistencia”, pero el costo real lo pagaban —y lo siguen pagando— los civiles: familias desplazadas, niños sin educación, generaciones condenadas a vivir entre ruinas.

El drama de Gaza no puede entenderse sin señalar esta responsabilidad central. No se trata de negar el sufrimiento palestino; por el contrario, se trata de defenderlo de quienes dicen representarlo mientras lo destruyen. Hamás eligió la guerra permanente en lugar de la construcción institucional. Eligió la ideología del martirio en lugar del desarrollo humano. Eligió invertir en muerte en vez de invertir en futuro.

Hoy, cuando la Franja se debate entre la emergencia humanitaria y la devastación total, resulta cínico —y peligroso— seguir presentando a Hamás como un actor político legítimo o como un movimiento de liberación. Es, ante todo, una organización terrorista que convirtió a Gaza en su cuartel general, sacrificando a su propia población en el altar del fanatismo.

La verdadera tragedia palestina no comienza con los bombardeos; comienza mucho antes, cuando un grupo armado decidió que la vida de su gente valía menos que su obsesión ideológica. Gaza no fue destruida solo por la guerra. Fue destruida por Hamás, día tras día, túnel tras túnel, dólar tras dólar.

Victimismo terrorista

A esta devastación material se sumó otra, menos visible pero igual de profunda: la ideológica. Durante años, Hamás no solo controló el territorio, sino también el relato. Desde las escuelas hasta los medios locales, desde las mezquitas hasta la propaganda cotidiana, se inculcó sistemáticamente una visión del mundo en la que Israel aparecía como el único y absoluto responsable de todos los males de Gaza. La corrupción interna, el desvío de fondos, la militarización de la ayuda humanitaria y la represión social fueron deliberadamente ocultados o justificados en nombre de una “resistencia” permanente. Así, una población empobrecida y sin alternativas reales fue empujada a canalizar su frustración exclusivamente hacia un enemigo externo, mientras sus verdaderos verdugos se blindaban detrás del victimismo y la narrativa de la guerra eterna.

Etiquetas: #Hamás#Gaza

Dejanos tu comentario