DESDE MI MUNDO
- Por Carlos Mariano Nin
- marianonin@gmail.com
El año se va. No sé si fue largo o corto. Sé que fue intenso.
Quedaron cosas por hacer, otras se hicieron mal, y algunas, las más importantes, ni siquiera sabíamos que estaban pasando mientras ocurrían.
Aprendí que crecer no siempre es avanzar. A veces es soltar. Tomé decisiones que dolieron. No las expliqué. No hacía falta. Las decisiones verdaderas no piden permiso y tampoco aplausos. Se cargan en silencio.
Así... perdí y también gané.
Hoy ya no hago balances prolijos. La vida no suma ni resta: mezcla. Trae alegrías cuando no las esperamos y ausencias cuando creemos tener todo bajo control.
Habrá sillas vacías. En mi casa y en la tuya. Al principio pesan. Después enseñan. Las ausencias duelen menos cuando dejamos de retener y empezamos a agradecer haber compartido. Lo extraño es que, cuando uno sonríe recordando, los que no están se sientan igual.
La mesa puede estar llena o no. Da igual. Lo que importa es quién se queda cuando se apagan las luces y baja el ruido. Ahí está la vida real.
Ya no creo demasiado en los comienzos espectaculares. Los años no cambian nada por sí solos. Cambiamos nosotros… o no. Se trata de decisiones. Y a veces cambiar es simplemente seguir, con lo que hay, con lo que somos, con lo que duele, con lo que todavía late y con las consecuencias de lo que decidimos.
A vos que me leés desde hace tiempo: gracias.
Compartimos palabras, silencios, caídas y pequeñas victorias. Y eso alcanza para no sentirnos solos.
Yo agradezco.
A Dios, al universo, al misterio, al nombre que cada uno le ponga.
Por mis hijos.
Por las enseñanzas que me dejaron mis viejos.
Por los que amo.
Por el trabajo.
Por los amigos.
Y por vos, que estás del otro lado de estas líneas.
No sé qué traerá el 2026. Pero sé esto: si llega, que nos encuentre vivos por dentro. ¿No es eso, al final, lo único que importa?
Feliz 2026.

