• Por Juan Carlos dos Santos G.
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Las maniobras militares de China alrededor de Taiwán ya no pueden ser interpretadas como simples ejercicios de rutina ni como una advertencia retórica dirigida a su propia opinión pública. Son, en los hechos, una demostración explícita de fuerza contra un país democrático, próspero y plenamente integrado al sistema internacional, aunque Beijing se niegue a reconocerlo.

Taiwán representa hoy mucho más que un diferendo territorial para el Partido Comunista Chino. Es el recordatorio incómodo de que una sociedad de raíces culturales chinas puede prosperar bajo un sistema democrático, con alternancia política, libertad de prensa y respeto a los derechos individuales. Precisamente por eso su existencia resulta inaceptable para un régimen autoritario que teme que el “ejemplo taiwanés” contagie a su propia población.

Las incursiones aéreas, los ejercicios navales de cerco y la simulación de bloqueos marítimos no son gestos aislados. Constituyen una estrategia de intimidación permanente, diseñada para desgastar psicológicamente a la sociedad taiwanesa y, al mismo tiempo, poner a prueba la reacción de Estados Unidos, Japón y sus aliados en la región del Indo-Pacífico.

Una eventual agresión a Taiwán no sería un conflicto local ni bilateral. Sería un golpe directo al equilibrio estratégico global. Estados Unidos, principal garante de la seguridad de la isla, se vería inevitablemente involucrado. Japón, cuya seguridad nacional está estrechamente ligada a la estabilidad del estrecho de Taiwán, tampoco podría permanecer al margen. El impacto se extendería a las rutas comerciales, a la industria tecnológica –especialmente la de semiconductores– y a la credibilidad misma del sistema de alianzas occidentales.

Permitir que China actúe por la fuerza contra Taiwán sentaría un precedente peligroso: el de que las democracias pueden ser absorbidas o destruidas por regímenes autoritarios sin consecuencias reales. El silencio o la tibieza de la comunidad internacional solo fortalecerían la lógica del poder por sobre el derecho, una lógica que ya ha demostrado sus efectos devastadores en otros escenarios del mundo.

La cuestión de Taiwán, en definitiva, no es solo un asunto asiático. Es una prueba decisiva para el mundo democrático. Lo que está en juego no es únicamente el futuro de una isla, sino la vigencia de un orden internacional basado en reglas, soberanía y libertad. Mirar hacia otro lado hoy podría significar pagar un precio mucho más alto mañana.

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