• Alex Noguera
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No mucha gente –sobre todo los más jóvenes– tienen el privilegio de conocer a dos amigos, dos personajes, dos héroes franceses, que nacieron del ingenio del guionista René Goscinny y de los trazos de Albert Uderzo.

Asterix y Óbelix son dos galos, cuya mayor devoción consistía en darles una buena tunda a los romanos cada vez que podían o liarse a puñetazos entre ellos mismos o evitar que el bardo abra la boca para cantar y, lo mejor, participar de los banquetes con abundantes jabalíes asados.

Pero como en la historia eran tiempos lejanos, cuajados de incertidumbre y misticismo, nuestros benditos galos, a pesar de ser invencibles, tenían una sola debilidad: el miedo de que el cielo se les cayera sobre la cabeza, aunque eso era algo que, aseguraban, “no ocurriría hoy”. Así, divertidos y aventureros, la sombra del temor se cernía sobre su mundo solo cuando se desataba alguna tormenta y, sobre todo, si era de noche.

En esos momentos, entre relámpagos y encomendaciones al dios Tutatis, se encendían los fogonazos en el horizonte, el terror se apoderaba de todos los aldeanos y corrían a refugiarse junto al jefe.

En cierta ocasión en que transcurría una de las más oscuras noches de las Galias, en las que las chispas del cielo incendiaban de terror el horizonte de los inocentes galos fue cuando entre los presentes, de alguna manera incomprensible se materializó una misteriosa figura.

Era un pintoresco desconocido que, sin que se dieran cuenta, había ingresado en la choza en la que todos estaban reunidos temblando llenos de angustia. El espanto fue poco, la sorpresa aún mayor: era nada menos que Prólix, el adivino, un engañoso y manipulador sujeto, cuyas artes eran tan certeras que era capaz de predecir el futuro sin posibilidad alguna de equivocarse.

En medio del terror y de la tormenta, Prólix levantó los brazos en pose de grandilocuencia y les instó a los galos a que no se preocupasen porque él sabía, gracias a sus poderes, que cuando amaneciera la tormenta pasaría y que el cielo no les caería sobre la cabeza.

Con los primeros rayos del sol, el prodigio se hizo realidad. Prólix había adivinado y como había predicho, la tormenta había pasado, lo que dejó a todos muy felices y encantados con las artes mágicas de este extraño viajero. Delante de todos había adelantado que “cuando la tormenta haya pasado, el clima mejoraría”. Y cumplió. Sin duda, era un gran sabio.

En estos días entre la Navidad que pasó, el Día de los Inocentes que se recuerda mañana y el viejo año que está a punto de terminar, recuerdo a varios Prólix chantas, de los que vaticinan supersticiones y, sobre todo, los incrédulos que se las creen. En esta clase de escuela agorera, alguno asegurará sin temor a equivocarse que cuando termine el 2025, a las cero horas, llegará el 2026. Y el Prólix de turno habrá acertado.

Por esta época, en la que la gente brinda con sidra y come doce uvas para tener buena fortuna, es cuando aparecen más adivinos con predicciones, falsas esperanzas y hasta con temores. Por eso, esperando un mejor año comencé a elaborar una lista de deseos más seria que la de 2025. Alguna vez debe ser.

El primer deseo es bajar de peso, pero dudo que en 2026 eso ocurra porque la balanza que tengo es de mala calidad y siempre marca de más. Solo por eso.

También me gustaría independizarme del celular, pero de alguna manera siempre sabe dónde estoy. Sospecho que los culpables son los chinos, que instalan programas para grabar y escuchar todas nuestras conversaciones.

Otro deseo es ganar la lotería, por lo que cada fin de año compraba “un entero” hasta que dejé de hacerlo. Ahora espero encontrar un número en la calle y que sea el ganador, porque hasta que resulte premiado no pienso comprar más. Es hora de que la suerte se ponga las pilas.

Tampoco estaría mal cambiar de rubro y, por ejemplo, ser influencer, pero no cualquier tipo de influencer, sino uno especializado… en no hacer nada. Y como enero es demasiado largo, los economistas podrían innovar e ir pensando en gestionar algún refuerzo para aguantar hasta febrero.

Como un aguinaldo extra o algo así. Y ya que estamos pensando en enero, tal vez alguna vez podamos ver caer nieve o al menos que no haga tanto calor.

Otros deseos importantes son que el consumo de la Ande baje en verano y que el precio de la carne se calme un poco. ¡Ah!, también que los colectivos lleguen a hora. ¿Algunos de estos pedidos podrían ser posibles en 2026?

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