DESDE MI MUNDO
- Por Carlos Mariano Nin
- marianonin@gmail.com
Don Juan puso la mesa como todos los años. Dos platos finamente decorados, dos vasos, el mantel de flores que ya no combina con nada, salvo con la costumbre. Afuera, en el barrio, sonaban las primeras bombas. Adentro, el reloj marcaba las ocho y la casa estaba en silencio.
“Ya van a llegar” se dijo.
Pero la vida no es como la pintan los cuentos de final feliz.
No llegaron.
Don Juan tiene 82 años. Vive solo en Lambaré. Sus hijos viven “lejos”, que no siempre es otro país: a veces “lejos” es otro ritmo, otra vida, otra prioridad. Él no está enojado. La soledad, aprendió, no siempre se siente de la misma manera; muchas veces se sienta despacio, como una visita que no avisó.
En Paraguay, más de 700 mil personas tienen 60 años o más. Es un país que envejece en silencio. Según datos oficiales, 4 de cada 10 adultos mayores no cuentan con una jubilación, y muchos dependen exclusivamente de la pensión alimentaria estatal o de la ayuda, intermitente, de sus familias.
Pero hay una cifra que no aparece en ningún informe: los que no tienen a quién esperar en Navidad.
Las fiestas de fin de año son una lupa. Amplifican todo. La alegría, sí, pero también el abandono. En diciembre, la soledad siempre pesa más. Los centros de salud lo saben: aumentan las consultas por depresión, ansiedad, presión alta.
Los hogares de adultos mayores lo confirman: hay más visitas… pero también más despedidas rápidas.
Don Juan cenó solo.
Encendió la radio para no escuchar sus propios pensamientos. A las doce brindó con agua. No pidió mucho: salud. Y que alguien lo llame mañana.
No es un caso aislado.
Miles de adultos mayores en Paraguay viven solos, muchos en condiciones precarias, otros en casas grandes que se volvieron demasiado silenciosas. No todos necesitan dinero. Muchos necesitan tiempo, presencia, una silla ocupada frente a la mesa.
Hablamos de familia. De valores. De tradición. Pero a veces olvidamos que nuestros viejos no necesitan discursos, necesitan compañía. No para siempre. A veces alcanza con un rato. Con volver.
Cuando terminó la noche, Don Juan no levantó la mesa.
Dejó los platos donde estaban. La silla vacía también. No como reproche, sino como gesto de fe. A cierta edad, la esperanza ya no es euforia: es costumbre.
En Paraguay envejecemos así.
En silencio.
Sin escándalo.
Sin reclamos.
Con una dignidad que muchas veces nadie ve. Nuestros adultos mayores no piden fiestas, ni regalos, ni discursos. Piden presencia. Una conversación. Un mate compartido. Un nombre dicho con cariño.
Tal vez algún día entendamos que una sociedad no se mide por cómo celebra, sino por a quiénes deja solos cuando se apagan las luces.
Mi viejo murió este año. Siento que no hablamos lo suficiente, que no hice suficiente compañía, que no lo abrace como hubiese querido. Pero ya no se puede retroceder el tiempo. Lo repetimos y lo olvidamos. Todo es en vida.
Cuando se apaga la luz solo queda lo que hicimos. El resto… es otra historia.