• Marcelo Pedroza
  • Psicólogo y magíster en Educación
  • mpedroza20@hotmail.com

Michel Eyquem de Montaigne (1533 - 1592), filósofo, escritor, humanista francés, observa con una lucidez que atraviesa los siglos que el ser humano rara vez habita su tiempo.

“No estamos nunca en nuestra época, estamos siempre más allá. El temor, el deseo, la esperanza, nos lanzan al porvenir y nos sustraen el sentimiento y la consideración de lo que es, para ocuparnos con lo que será, incluso cuando ya no estemos”, escribe en Ensayos, en el capítulo III, titulado “Nuestros sentimientos van más allá de nosotros”.

Esta afirmación no es una mera constatación psicológica, sino una intuición ontológica: el hombre, al anticiparse, se exilia de sí mismo. La vida, en lugar de ser habitada, es diferida.

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Sin embargo, en esa misma confirmación se abre una posibilidad ética, que es recuperar el presente como acto consciente. El ahora no es un punto neutro entre pasado y futuro, sino el único territorio donde la existencia acontece verdaderamente.

Todo lo que somos, pensamos y sentimos emerge en ese instante siempre frágil, siempre huidizo, pero radicalmente real. El presente no promete, no recuerda, no consuela, simplemente es. Y en esa desnudez se revela como fuente de nuestra realidad.

Michel de Montaigne no propone un rechazo del porvenir, sino una advertencia contra su tiranía. Cuando el futuro coloniza la conciencia, el presente se vacía de sentido. El hombre espera vivir, en lugar de vivir. En cambio, cuando sentimiento y consideración se entrelazan, cuando la afectividad se acompaña de atención reflexiva, el ahora se densifica. No se trata de una exaltación ingenua del instante, sino de una presencia lúcida, capaz de sostener la ambigüedad de lo humano sin huir de ella.

Aquí aparece el gesto del agradecimiento. Agradecer no es negar el dolor ni idealizar la experiencia, sino reconocer el hecho fundamental de estar vivo. El agradecimiento es una forma silenciosa de reconciliación con lo que es. Al agradecer, el sujeto deja de resistirse al presente y comienza a habitarlo.

El tránsito del ahora se vuelve entonces firme, no porque garantice seguridad, sino porque está anclado en la aceptación consciente de la vida.

La reflexión de Montaigne se amplía cuando expresa en su extensa obra “Este sol, esta luna, estas estrellas, este orden, es el mismo que aquel del que gozaron vuestros bisabuelos y el mismo que ocupará a vuestros biznietos”. Frente a esa permanencia cósmica, la vida humana parece efímera, casi insignificante.

Sin embargo, lejos de anularnos, puede devolvernos una dignidad más profunda. Somos pasajeros bajo un orden que nos excede, aunque precisamente por ello cada instante vivido con conciencia adquiere un valor irrepetible.

La naturaleza eterna no nos promete sentido, pero lo ofrece como posibilidad. En su continuidad silenciosa, nos recuerda que el presente no es una invención subjetiva, sino una participación momentánea en un orden más vasto. Cuando el ser humano se reconoce como parte de ese flujo, sin pretender dominarlo ni escapar de él, el ahora se vuelve imponente. No por su duración, sino por la intensidad con la que es asumido.

Habitar el presente es un acto profundamente humanista. Significa aceptar la finitud sin resignación, la transitoriedad sin desesperación. No somos dueños del tiempo, pero sí responsables de nuestra manera de estar en él.

En esa responsabilidad se juega la dignidad del ser. Bajo el cielo que no cambia cada vida encuentra su singularidad no en la promesa del mañana, sino en la profundidad del instante vivido.

Montaigne, el padre del ensayo, nos invita aún hoy, a una tarea exigente y silenciosa: dejar de vivir más allá de nosotros mismos, para que el presente deje de ser un tránsito apresurado y se convierta en morada. Allí, bajo el mismo sol de siempre, donde la vida acontece.

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